Rodrigo Vázquez Maya: “El fútbol fue el detonante para hablar de la memoria, la infancia y los cuerpos en resistencia”
El creador escénico reflexiona sobre La cancha como archivo corporal: narrativas del cuerpo en juego, un laboratorio interdisciplinario de Teatro UNAM que transforma el deporte en un dispositivo performático para explorar la identidad, la memoria y las contradicciones sociales desde la escena
Rodrigo Vázquez Maya confiesa en entrevista para Página Zero, que nunca imaginó que un proyecto sobre fútbol terminaría por reconciliarlo con una parte de su propia historia. Cuando Teatro UNAM lo invitó a participar en La cancha como archivo corporal: narrativas del cuerpo en juego, dentro del programa La mano de Dios: fútbol y teatro y en el marco de #CanchaExpandida, su primera reacción fue reconocer que no tenía una relación cercana con el deporte. Sin embargo, encontró un camino inesperado: utilizar el fútbol como una vía para dialogar con su padre, revisar su infancia y abrir preguntas sobre la memoria, la identidad y el cuerpo.
Ese punto de partida dio forma a un laboratorio de creación e investigación escénica desarrollado junto al exfutbolista y creador colombiano Checho Tamayo, radicado en Madrid, y la creadora Cynthia Laurren Ordóñez, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ninguno de los tres se conocía previamente. La institución los reunió con un objetivo claro: generar un proyecto alrededor del Mundial de Futbol, aunque pronto entendieron que su interés iba mucho más allá del espectáculo deportivo.
Más que celebrar el fútbol o rechazarlo, explica Vázquez Maya, el equipo decidió cuestionarlo. La intención fue desmontar la enorme maquinaria simbólica que rodea al deporte para quedarse con aquello que permanece en el origen del juego: las experiencias humanas, las memorias personales y las contradicciones sociales que el balón es capaz de detonar.
El proceso comenzó con una pregunta dirigida a las y los participantes del laboratorio: ¿Qué relación tienes con el fútbol? Las respuestas fueron tan diversas como reveladoras. Mientras algunas personas recordaban con entusiasmo los partidos de su infancia y seguían practicando el deporte, otras confesaban que el fútbol representaba exclusión, violencia o una actividad que históricamente les había sido negada por cuestiones de género o de identidad.
Aquellas respuestas se transformaron en el verdadero archivo del proyecto. Más que trabajar sobre tácticas deportivas, el laboratorio comenzó a reunir memorias corporales, emocionales y afectivas. El fútbol se convirtió en un detonante para hablar de infancias, traumas, afectos y formas de pertenecer o quedar fuera de determinados espacios.
Durante tres semanas, los tres coordinadores compartieron sus metodologías con integrantes de la Compañía Juvenil de Danza Contemporánea de la UNAM (DAJU), personas recién egresadas del Centro Universitario de Teatro (CUT) y del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras. En total participaron 22 personas.
El resultado, sin embargo, no fue una obra de danza ni una puesta teatral convencional. Vázquez Maya explica que muy pronto decidieron abandonar esas categorías para construir un acto performático donde las y los participantes dejaran de ser simples intérpretes y asumieran el papel de cocreadores.
Las palabras, experiencias y posturas personales de cada integrante comenzaron a formar parte esencial del montaje. El espectáculo dejó de obedecer una estructura jerárquica para convertirse en un organismo vivo que cambia conforme dialoga con quienes lo habitan.
Uno de los descubrimientos más importantes del laboratorio fue la posibilidad de regresar a la infancia. No desde la nostalgia ni desde la representación de personajes infantiles, sino recuperando el impulso del juego como una herramienta creativa.
El fútbol fue apenas el punto de partida. Muy pronto aparecieron otros juegos: el avioncito, los quemados, las dinámicas colectivas que acompañan la niñez. Todos esos recuerdos permitieron construir un lenguaje escénico donde el juego recuperó su capacidad de generar comunidad y reflexión.
Para el director, ese regreso a la infancia terminó convirtiéndose en una forma de hablar del presente. En lugar de reproducir coreografías virtuosas o escenas teatrales tradicionales, el grupo optó por una performatividad sustentada en acciones vivas, capaces de dialogar directamente con el público.
El laboratorio también propició un encuentro poco frecuente dentro de la propia Universidad Nacional. Aunque DAJU, el CUT y la Facultad de Filosofía y Letras pertenecen a la misma institución, rara vez trabajan de manera conjunta. Esta experiencia abrió un espacio interdisciplinario donde bailarines, actores y estudiantes compartieron procesos creativos desde la horizontalidad.
Vázquez Maya considera que esa posibilidad constituye uno de los mayores aciertos de Teatro UNAM. En su opinión, pocas instituciones ofrecen condiciones para experimentar sin la presión inmediata de producir un espectáculo terminado, permitiendo que las nuevas generaciones encuentren espacios para el pensamiento crítico y la exploración artística.
Los retos fueron numerosos. En apenas tres semanas tres equipos creativos distintos tuvieron que construir un discurso común, integrar más de veinte voces, combinar metodologías diferentes y desarrollar un proyecto que evitara caer tanto en la celebración ingenua del Mundial como en una postura simplista de rechazo.
Uno de los mayores desafíos consistió precisamente en desprenderse de los prejuicios. El creador reconoce que él mismo tuvo que confrontar sus ideas preconcebidas sobre el deporte para descubrir que, en el fondo, el arte y el fútbol comparten mucho más de lo que suele imaginarse.
Ambos generan identidad, producen comunidad, construyen relatos colectivos y ofrecen formas de encuentro. Ambos movilizan emociones y permiten que las personas se reconozcan como parte de un grupo.
A partir de esa comprensión, el proyecto dejó de preguntarse únicamente qué significa el fútbol para comenzar a cuestionar qué significa hoy pertenecer a una comunidad, construir memoria o pensar el presente desde el cuerpo.
En lo personal, el proceso también transformó la propia investigación artística de Rodrigo Vázquez Maya. Su interés por las artes vivas y la performatividad encontró aquí un terreno fértil para profundizar en formas escénicas donde las personas aparecen como ellas mismas y no únicamente como personajes.
Lo que le interesa ahora, afirma, es construir actos donde el cuerpo no represente una ficción sino que se presente con honestidad frente al espectador, compartiendo pensamientos, emociones y posturas políticas desde la experiencia personal.
Aunque el resultado que el público verá es presentado como un working progress, el creador considera que el verdadero valor del proyecto reside en el proceso mismo. Incluso si nunca volviera a presentarse, las preguntas sembradas entre quienes participaron ya constituyen una experiencia profundamente significativa.
No obstante, reconoce que la pieza posee un enorme potencial para seguir creciendo. Precisamente porque pertenece al ámbito de las artes vivas, espera que nunca se convierta en una obra cerrada, sino que continúe transformándose con nuevos contextos, nuevos cuerpos y nuevas preguntas.
Lo que espera encontrar junto al público no es una respuesta definitiva, sino un espacio compartido de reflexión. Más que ofrecer una moraleja, desea que cada asistente descubra algo sobre sí mismo.
Para Vázquez Maya, quienes asistan encontrarán cuerpos y pensamientos en resistencia. No únicamente una resistencia frente al Mundial o al fútbol, sino una resistencia mucho más profunda: la de negarse a olvidar.
Celebrar también implica recordar al otro. Jugar no debe significar borrar las contradicciones del presente. Desde esa convicción, el laboratorio propone preguntarse qué hacemos hoy con nuestra memoria, con nuestros cuerpos, con nuestras emociones y con nuestras identidades.
En ese terreno, concluye, el fútbol deja de ser un deporte para convertirse en un lenguaje capaz de abrir conversaciones urgentes sobre quiénes somos y cómo elegimos habitar el mundo.
Foto: Cortesía | Danza UNAM | Max Cetto