Bladimir Ramírez: “Los personajes son el puente entre el lector y la historia”
El autor de "Peores cosas han pasado", reflexiona sobre la familia, la diversidad emocional, la representación de la comunidad LGBT+, la tradición cuentística mexicana y la importancia de construir una literatura que privilegie la complejidad de sus personajes por encima de los estereotipos.
Después de publicar “Prueba de resistencia”, Bladimir Ramírez sintió la necesidad de alejarse de los territorios que había explorado en su primer libro. Si aquella colección de cuentos estaba poblada por niños, adolescentes y jóvenes que transitaban contextos escolares mientras descubrían su orientación sexual y sus emociones, en Peores cosas han pasado (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2025) representó la oportunidad de abrir nuevos caminos narrativos.
El escritor explica en entrevista para Página Zero que entre ambos libros hubo un cambio natural producto del tiempo, de nuevas lecturas y de otras inquietudes literarias. Comenzó a interesarse por cuentistas de mayor aliento y por relatos más extensos, además de querer explorar otros espacios, otros personajes y, sobre todo, la familia como núcleo de tensión.
"Creo que el tema de la familia es lo que une estas historias", señala. Ese vínculo aparece de distintas maneras en los cuentos y funciona como un eje que atraviesa personajes marcados por pérdidas, conflictos y contradicciones.
El título del libro también resume esa intención. Ramírez explica que el cuento “Peores cosas han pasado” era el relato que mejor dialogaba con el resto de las historias, pues en él encontró muchos de los elementos que se repiten a lo largo del volumen. Para él, la frase alude a una adversidad que no se reduce únicamente al sufrimiento, sino a personajes que, aun enfrentando destinos difíciles o incluso trágicos, conservan la capacidad de experimentar afecto, deseo, ternura y esperanza.
A diferencia de muchos libros de cuentos concebidos desde un tema central, el autor reconoce que esta colección surgió de una manera mucho más libre. Durante su estancia como becario de la Fundación para las Letras Mexicanas escribió varios de los relatos sin pensar que formarían parte de un mismo volumen. La beca no exigía entregar un libro unitario, lo que le permitió concentrarse en escribir un cuento a la vez, procurando que cada uno funcionara como una pieza independiente. Solo después decidió reunir aquellos textos que mantenían un diálogo natural entre sí.
Esa libertad creativa explica también la diversidad emocional que atraviesa el libro. En los relatos conviven la tragedia con la ternura, el abandono con el deseo y la violencia con la esperanza. Para Ramírez, el cuento constituye un espacio privilegiado para explorar emociones complejas y contradictorias.
Originario de Zapotlán el Grande, una región con una larga tradición cuentística, considera que el género ha sido históricamente un territorio especialmente fértil para las escritoras mexicanas. Cita como referentes fundamentales a Guadalupe Dueñas, Amparo Dávila, Elena Garro e Inés Arredondo, una de sus autoras predilectas. En todas ellas encuentra una característica común: la capacidad de construir personajes atravesados por múltiples emociones, evitando reducirlos a una sola experiencia.
Esa misma búsqueda guía su escritura. Explica que un personaje nunca debe representar únicamente una tragedia o una emoción dominante. En el cuento “Pantalones vaqueros”, por ejemplo, aunque el relato gira alrededor de un crimen de odio profundamente doloroso, también existe el deseo y la posibilidad de la transgresión. Son esas múltiples capas emocionales las que permiten que el lector establezca un verdadero vínculo con la historia.
"Los personajes siempre son un puente entre el lector y la historia", afirma. "Las emociones que vivimos en la literatura casi siempre las experimentamos a través de ellos."
Entre todos los personajes del libro existe uno con el que mantiene un vínculo particularmente cercano: la chiclera de “Peores cosas han pasado”. Se trata de una figura inspirada en una mujer real que observó repetidamente durante su infancia en el centro de Manzanillo, ciudad que visitaba con frecuencia junto a su familia.
Recuerda verla caminar bajo el intenso calor mientras alrededor de ella circulaban múltiples rumores. La mitología popular decía que robaba niños, aunque en realidad —aclara— solía llevarse únicamente carriolas vacías. Aquella imagen terminó convirtiéndose para él en una poderosa metáfora de la incomunicación y de la imposibilidad de ser escuchado por los demás.
También encuentra una profunda identificación con Cassandra, protagonista de otro de los cuentos, un personaje que representa la experiencia de sentirse ajeno incluso dentro del propio núcleo familiar. Esa sensación de no pertenecer, explica, atraviesa a muchas personas sin importar su género y constituye una de las formas más profundas de la soledad.
La representación de personajes LGBT+ ocupa un lugar importante dentro del libro. Para Ramírez resulta indispensable seguir narrando esas experiencias desde la literatura, particularmente en un país como México y en un estado como Jalisco, donde existe una sólida tradición de escritores homosexuales que transformaron las letras nacionales.
Recuerda nombres fundamentales como Elías Nandino, Antonio Alatorre, Luis Zapata, Salvador Novo, Abigael Bohórquez y Carlos Pellicer, autores que, además de representar distintas identidades sexuales, construyeron obras de enorme calidad literaria.
Esa herencia, considera, obliga a las nuevas generaciones de escritores a continuar explorando estos territorios sin limitarse al testimonio. Las vivencias personales deben convertirse en literatura, sostiene, y alcanzar un nivel artístico que trascienda la mera representación.
Otro de los desafíos consistió precisamente en evitar los estereotipos. Ramírez atribuye esa preocupación a su larga formación en talleres literarios, iniciada cuando apenas tenía quince años bajo la coordinación de Ricardo Sigala en la Casa de la Cultura de Zapotlán. Aquellas sesiones —que recuerda como auténticas "carnicerías" literarias— le enseñaron a aceptar la crítica y comprender que un texto siempre puede mejorar.
Posteriormente, la experiencia como becario en la Fundación para las Letras Mexicanas consolidó esa disciplina. Más tarde participó en el desaparecido programa: Material de los Sueños, realizado en las Islas Marías, donde convivió con escritores como Eduardo Antonio Parra, Diana del Ángel y Vicente Alfonso.
Describe aquella residencia como una experiencia irrepetible: sin internet, sin teléfonos y completamente dedicados a escribir todos los días bajo la guía permanente de sus maestros. Recuerda especialmente una enseñanza de Eduardo Antonio Parra: considerar a Inés Arredondo como una de las grandes cuentistas mexicanas al nivel de Juan Rulfo o José Revueltas. De Vicente Alfonso aprendió el rigor documental y el compromiso con la escritura; de Diana del Ángel, la profundidad con la que pueden abordarse los temas más difíciles.
Esa formación también dialogó con sus estudios de maestría en Desarrollo Humano, Educación e Interculturalidad. Aunque provenía de una licenciatura en Letras Hispánicas, decidió ampliar su horizonte académico investigando el discurso en “Tengo miedo torero”, de Pedro Lemebel, uno de sus escritores favoritos.
La experiencia reafirmó tanto sus intereses temáticos como su manera de entender la literatura y la enseñanza. Inspirado por el pensamiento pedagógico de Paulo Freire, sostiene que un buen maestro de literatura no solo transmite conocimientos, sino que contagia el entusiasmo por leer y escribir.
Recuerda con especial afecto otra lección recibida durante la Fundación para las Letras Mexicanas. Eduardo Langagne les repetía constantemente: "No busquen tener vida literaria; busquen hacer obra literaria". Una frase que, reconoce, cobra especial sentido en tiempos donde el espectáculo y la visibilidad parecen imponerse con frecuencia sobre el trabajo creativo.
Desde Zapotlán el Grande, dice con humor, ser escritor no convierte a nadie en una figura extraordinaria. "Aquí dices que eres escritor y te responden: 'Hay muchos, se juntan los sábados'". Lejos de incomodarlo, considera que esa normalidad le permite escribir con mayor libertad y sin tomarse demasiado en serio.
Fuera de la literatura, actualmente disfruta de La Más Draga, programa que aprecia tanto por su dimensión artística como por su capacidad de convertir el travestismo en una forma de expresión, protesta y celebración de la diversidad. Musicalmente, ha redescubierto El amor después del amor, de Fito Páez, cuya escucha completa le reveló matices que antes no había percibido, además de Free Spirits, de Ca7riel y Paco Amoroso.
Entre sus lecturas recientes destaca a María Luisa Puga, autora a la que llegó por recomendación de su pareja, así como la novela Roy, del escritor francés Roger Peyrefitte. Esta última, centrada en un joven estadounidense, se convirtió para él en un estímulo mientras concluye su propia novela, al demostrarle que las historias sobre la diversidad sexual pueden alcanzar una enorme fuerza literaria sin renunciar a la belleza formal ni reducirse únicamente al conflicto identitario.
Foto: Especial.