“La última cena”: una puesta en escena donde las convicciones pueden convertirse en fanatismo
Mario Rendón Tapia adapta al teatro una historia originalmente cinematográfica y la traslada a los años ochenta para explorar la radicalización ideológica, la intolerancia y los límites de las propias convicciones en una temporada en el Foro Shakespeare.
Una cena entre amigos puede convertirse en un espacio para compartir alimentos, anécdotas y preocupaciones, pero también en el escenario de los debates más intensos sobre la sociedad. Esa idea es el punto de partida de La última cena, puesta en escena adaptada por Mario Rendón Tapia, quien lleva al lenguaje teatral una historia que originalmente conoció a través de una película de los años noventa.
Rendón Tapia explica que quedó atraído por la estructura del filme, cuya acción transcurre prácticamente en una sola locación: el comedor de cinco estudiantes que cada domingo invitan a una persona para debatir sobre los problemas sociales que atraviesan su contexto. Sin embargo, detrás de esas discusiones existe una regla extrema: quienes no comparten las convicciones del grupo terminan siendo asesinados.
“Me gustó mucho que en el filme todo ocurría en una locación casi y se me hizo muy teatral”, señala el dramaturgo, quien decidió trasladar aquella historia del lenguaje cinematográfico al teatral y, al mismo tiempo, ubicarla en una década que considera fundamental para el discurso de la obra: los años ochenta.
La elección de una cena como espacio dramático tampoco es casual. Para Rendón Tapia, alrededor de la comida suelen construirse algunos de los debates más importantes de la vida cotidiana. Desde las reuniones familiares hasta los encuentros entre amigos, la mesa se convierte en un lugar donde se habla de problemas, se comparten opiniones, se discuten posturas ideológicas y se buscan posibles soluciones.
Por ello, los cinco estudiantes de La última cena convierten sus reuniones dominicales en una especie de ritual. Cada semana reciben a una persona para confrontar sus ideas, aunque llevan la defensa de sus propias convicciones hasta un extremo violento: si el invitado no piensa como ellos, deciden matarlo.
“Es como este discurso un poco fascista, pero real, de cómo y hasta dónde defiendes tu postura ante los demás”, plantea el entrevistado.
La obra se sitúa en los años ochenta porque, para Rendón Tapia, se trata de una época en la que los jóvenes comenzaron a adquirir una voz más visible y a expresar con mayor fuerza aquello que les gustaba o rechazaban. En ese contexto cobraron relevancia discusiones relacionadas con la revolución sexual, el feminismo, la sexualidad y la homosexualidad, además de distintas posturas sociales y políticas.
La década funciona así como un parteaguas para mostrar a una juventud que comenzaba a construir y defender su propio discurso. Pero también permite establecer un contraste con la actualidad, particularmente en la manera en que circulan las opiniones.
El dramaturgo considera que actualmente las redes sociales han transformado radicalmente la forma en que una persona expresa sus ideas y recibe respuestas. Una opinión mal planteada o una palabra utilizada de manera incorrecta puede tener consecuencias inmediatas, desde perder un trabajo hasta desaparecer de determinados espacios públicos o profesionales.
En los años ochenta, en cambio, las posibilidades de difusión eran mucho más limitadas. La televisión, la radio y las revistas especializadas constituían buena parte de los medios para acceder a la información y establecer tendencias. Una persona podía compartir sus ideas con su círculo cercano, pero para que una postura alcanzara mayor visibilidad era necesario recurrir a otras formas de organización, como las marchas y las protestas.
Esta diferencia temporal no vuelve distante a La última cena. Por el contrario, uno de los principales objetivos de la adaptación es demostrar que los conflictos que atraviesan a los personajes continúan presentes: homofobia, clasismo, racismo, discriminación, diferencias religiosas, machismo y debates como el aborto siguen formando parte de las discusiones sociales contemporáneas.
“Los temas a debatir son muy actuales”, afirma Rendón Tapia, quien considera que los problemas han cambiado en sus formas de circulación, pero no necesariamente han desaparecido.
En ese sentido, la obra también cuestiona el papel que tienen actualmente las redes sociales y las nuevas plataformas en la construcción de liderazgos y opiniones. Para el dramaturgo, hoy una persona con un celular, un podcast o una cuenta en TikTok puede convertirse rápidamente en una figura de referencia para otros, aun cuando carezca de preparación especializada.
Esa reflexión está presente en los propios personajes. Los cinco estudiantes son jóvenes de posgrado, pertenecientes a familias acomodadas y con una formación académica importante. Sin embargo, a pesar de su nivel educativo y de las causas que aseguran defender, terminan convirtiéndose en aquello que critican.
“También se convierten en monstruos de lo que critican”, apunta Rendón Tapia. La contradicción constituye uno de los ejes de la puesta en escena: personajes que creen combatir determinadas formas de opresión terminan deformándose por la radicalización de sus propias ideas.
La frontera entre defender una convicción y convertirla en fanatismo, explica, es muy delgada. El problema aparece cuando una postura personal comienza a perjudicar a los demás y deja de existir la posibilidad de construir acuerdos.
Desde su experiencia como maestro, Rendón Tapia relaciona esta problemática con la necesidad de construir comunidad. La pregunta, dice, no solamente corresponde a los cinco estudiantes de la obra, sino a la sociedad en su conjunto: cómo generar acuerdos entre vecinos, trabajadores, colonias y ciudadanos para evitar que las posturas radicales y el odio impidan la convivencia.
En La última cena, cada uno de los cinco personajes posee una personalidad y una postura particular. Hay, entre ellos, un personaje gay, uno feminista y otro relacionado con una sensibilidad artística, entre distintas formas de entender el mundo. Cuando reciben a personas cuyas opiniones atacan directamente aquello que ellos defienden, la discusión escala hasta convertirse en una amenaza mortal.
Por ello, Rendón Tapia considera que ninguno de los temas abordados tiene una importancia menor. Cada conflicto está relacionado con el desarrollo de los personajes y con la manera en que reaccionan ante quienes cuestionan sus convicciones.
En cuanto a la dirección, destaca el trabajo de Bruno, quien, de acuerdo con Rendón Tapia, apuesta por una actuación basada en la verdad y la sinceridad de los personajes, más que en una interpretación que pueda percibirse como artificial.
El proceso de montaje, explica, concede a los actores libertad para construir sus personajes. El director funciona como una guía que plantea caminos de exploración y lleva a los intérpretes a encontrar dentro del propio texto las soluciones para desarrollar cada escena.
La cercanía con el público es otro elemento fundamental. La obra se presenta en el Foro Shakespeare, particularmente en un espacio donde los espectadores se encuentran muy próximos a los actores. Esta configuración obliga a mantener una gran veracidad escénica, pero también permite que quienes asisten se sientan prácticamente dentro de la casa y del comedor de los estudiantes.
El público se convierte así en un invitado adicional a la cena o incluso en una especie de juez que observa las discusiones y toma sus propias posturas frente a lo que ocurre.
“Nos gusta mucho que el público juegue con nosotros, que se meta en nuestra convicción, que se meta en nuestro juego teatral”, explica Rendón Tapia.
La intención no es ofrecer respuestas definitivas ni colocar una barrera entre escenario y espectadores. La puesta busca dejar preguntas, dudas e hilos para que cada persona construya sus propias conclusiones.
Por ello, el objetivo de La última cena no consiste necesariamente en que el público salga convencido de una determinada postura. Rendón Tapia espera, antes que nada, que los espectadores disfruten de una experiencia teatral de calidad, con un buen texto, dirección y actuaciones.
Después de ello, la expectativa es que la obra provoque alguna reacción. Puede ser risa, enojo, llanto, incomodidad o reflexión. Lo importante, sostiene, es que el espectador salga transformado por aquello que vio.
“Lo que el arte busca es transformar mentes y transformar corazones”, afirma.
La puesta en escena tendrá una temporada durante agosto, septiembre y octubre en el Foro Shakespeare, una extensión que Rendón Tapia considera especialmente valiosa dentro del panorama teatral actual, debido a que las temporadas prolongadas son cada vez menos frecuentes.
Para el creador, contar con un periodo amplio de exhibición permite que la obra encuentre gradualmente a su público y que la compañía tenga la posibilidad de desarrollar su propuesta sin que el montaje desaparezca apenas comienza a generar audiencia.
Así, La última cena propone al espectador sentarse simbólicamente a la mesa con cinco jóvenes que creen tener respuestas para los problemas de la sociedad, pero que terminan enfrentándose a una pregunta mucho más incómoda: ¿en qué momento una convicción deja de ser una defensa de principios y comienza a convertirse en una forma de violencia?
Foto: Especial.