Caperucita llega a Manhattan para hablar de libertad, miedo y duelo
Lucía Miranda lleva al escenario del 33 FITU una relectura musical de la novela de Carmen Martín Gaite, donde una niña desafía las normas del mundo adulto y emprende un viaje hacia la independencia
La libertad, el miedo, la educación y la manera en que los relatos construyen nuestros imaginarios son algunos de los temas que atraviesan Caperucita en Manhattan, puesta en escena dirigida y adaptada por Lucía Miranda a partir de la novela homónima de Carmen Martín Gaite. La producción de Teatro de La Abadía, en coproducción con el Teatro Nacional de Cataluña, será la obra inaugural del 33° Festival Internacional de Teatro Universitario (FITU).
La propuesta llegará a la Sala Miguel Covarrubias los días 3 y 4 de septiembre, a las 20 horas, con una historia recomendada para mayores de 10 años que convierte el universo de Caperucita en un cuento de hadas musical situado entre Brooklyn, Manhattan, diners, rodajes y Central Park.
Para Miranda, uno de los principales retos consistió en trasladar al escenario una novela profundamente arraigada en el imaginario español sin perder su esencia.
“Una de las decisiones fundamentales es el respeto a la autora original, a Carmen Martín Gaite”, explica.
En España, recuerda, Caperucita en Manhattan es un libro que muchas generaciones han leído durante la preadolescencia y que forma parte de una memoria colectiva. Pero ese respeto debía convivir con la naturaleza propia del teatro.
“Por un lado está el respeto, pero por otro lado está el juego teatral”, señala.
La novela contiene numerosos personajes y situaciones, pero la directora buscó llevar ese universo hacia un ritmo escénico vertiginoso, basado en el juego, la transformación y la diversión.
La adaptación propone, así, una pieza “muy teatral”, en la que cuatro actrices interpretan 23 personajes, acompañadas por un músico. Los cambios de vestuario, pelucas, voces y personajes ocurren con rapidez y forman parte del propio mecanismo de la puesta en escena.
“Pasa muchas veces que la gente acaba de ver la función y sale a recibir el aplauso y me dice: ‘Las he contado porque pensaba que eran más’.
Pensaba que eran más actrices y no las he reconocido”, cuenta Miranda. Para ella, esa confusión es precisamente uno de los mayores logros del montaje.
Manhattan como territorio de la aventura
En esta versión, Manhattan no es solamente un escenario. Es el territorio de los sueños y de la posibilidad. Sara Allen, la protagonista, es una niña de Brooklyn que desea conocer ese lugar que representa para ella la aventura y la ruptura con su espacio de seguridad.
Miranda reconoce una identificación personal con esa aspiración. Ella misma creció soñando con Nueva York y posteriormente estudió en la Universidad de Nueva York. Por eso, considera que el viaje de Sara puede conectar con cualquier persona que alguna vez haya tenido un lugar al que quisiera llegar.
“Es el lugar donde uno cree que todo es posible”, afirma.
La directora entiende el viaje de Sara como una transición hacia la vida adulta: el momento en que una persona comienza a preguntarse cómo quiere ser, qué espera de sí misma y qué ocurre con aquellos sueños cuando finalmente crece.
En ese proceso, la protagonista cuestiona también las normas que los adultos imponen sobre la infancia. Su madre quiere que sea una “niña bien peinada”, que aprenda a cocinar y que cumpla con aquello que tradicionalmente se espera de una niña. Sara, en cambio, pregunta por qué las niñas deben hacer unas cosas y los niños otras.
“Me interesa todo lo que tiene que ver con lo no normativo”, explica Miranda.
En su adaptación, Sara se convierte en una figura con la que pueden identificarse tanto los jóvenes como quienes, incluso siendo adultos, continúan preguntándose qué significa vivir fuera de las normas establecidas.
Un lobo sin respuestas ante una nueva Caperucita
La relectura también transforma al tradicional Lobo. En la novela de Martín Gaite, Mr. Wolf es un hombre rico, dueño de numerosas pastelerías. En la versión escénica conserva su capacidad de engañar, pero adquiere una dimensión más vulnerable.
“El Lobo no sabe bien qué hacer con esa Caperucita. Tiene miedo, está lleno de miedos”, explica la directora.
Su encuentro con Sara representa el choque entre un personaje construido desde las convenciones tradicionales y una niña que no acepta ocupar el lugar que esas convenciones le asignan. Miranda define la obra como “profundamente antipatriarcal” y con una perspectiva feminista, particularmente en el diálogo que establece entre esta Caperucita contemporánea y un Lobo que se encuentra desarmado ante una mujer que no responde al modelo que esperaba.
En la puesta en escena, además, el Lobo se convierte en un músico de jazz que toca el contrabajo, integrando al personaje dentro del universo musical del montaje.
Nueva York, Castilla y una partitura para la imaginación
La música ocupa un lugar central. Miranda buscó combinar tradiciones aparentemente distantes: el jazz, el spoken word y el gospel asociados con Nueva York conviven con una tradición musical castellana.
Entre ellas aparece el trabajo de las llamadas panaderas, una práctica tradicional de Castilla en la que las mujeres acompañaban con ritmos y golpes de manos la elaboración del pan mientras cantaban.
El resultado es una mezcla de lo tradicional y lo contemporáneo, de Nueva York y Castilla, que responde al carácter imaginativo de la novela.
“Es una obra profundamente imaginativa, no es realista”, sostiene Miranda.
Ese carácter se relaciona también con una especie de realismo mágico presente en la obra de Martín Gaite, vinculado con las tradiciones populares españolas. El montaje, además, está construido visualmente como una pieza pictórica, llena de color y movimiento.
Reírse frente al duelo
Detrás de ese juego escénico y de la velocidad de los personajes existe, sin embargo, una historia profundamente dolorosa. Para Miranda, uno de los grandes desafíos fue sostener el equilibrio entre la fantasía y una dimensión emocional relacionada con el duelo.
La obra habla, en el fondo, de cómo despedirse de una hija y de cómo sobrevivir a esa pérdida. También aborda la maternidad y las dificultades de educar, pero lo hace sin abandonar el humor.
“El público adulto entra a ver una pieza que habla de algo muy serio, que es el duelo, y tú te estás riendo durante hora y media”, explica.
Ese equilibrio constituye uno de los códigos fundamentales de la propuesta. Miranda reconoce que algunos espectadores conectan más con la parte divertida, otros con la dimensión dramática y otros encuentran precisamente el valor en ambas.
Incluso advierte que los primeros diez minutos pueden resultar desconcertantes. Después, dice, llega un momento en que el público entiende las reglas del juego y se deja llevar.
La experiencia parece haber funcionado en su recorrido previo: la obra ha pasado por 35 ciudades, con localidades llenas, además de presentarse en Nueva York y Bogotá. Ahora llega a México con la expectativa de descubrir cómo responderá el público.
La libertad como pregunta
Más que ofrecer respuestas cerradas, Miranda quiere que el montaje deje preguntas abiertas.
“¿Qué hago con mi libertad? ¿Cómo uso la libertad? ¿Cuál es ese límite entre la libertad y el miedo?”, plantea.
Para madres y padres, la obra propone preguntarse cómo educar en libertad sin transmitir miedo. Para los jóvenes, plantea la posibilidad de elegir quién quieren ser y desprenderse de aquello que los demás esperan de ellos.
Una de las revelaciones del proceso de montaje fue precisamente la fuerza de esos mensajes. Miranda descubrió que el personaje de Miss Lunatic, el espíritu de la Estatua de la Libertad que vaga por las noches por Nueva York disfrazada de mendiga, llevaba consigo una lectura especialmente poderosa.
Cuando la directora comenzó a contarle la historia a su hija, se encontró con una pregunta que modificó su propia percepción del relato: ¿Qué ocurriría si una niña se encontrara con una desconocida como Miss Lunatic y decidiera seguirla?
La situación revela una contradicción fundamental: queremos enseñar a las niñas a ser independientes, pero también sabemos que deben aprender a reconocer los peligros del mundo.
“Estoy aprendiendo que tengo que tener cuidado con los relatos, que los relatos construyen imaginario y también sirven para que tengas miedo a veces y tengas cuidado”, reflexiona.
Un montaje nacido de una deuda con Carmen Martín Gaite
Para Miranda, dirigir Caperucita en Manhattan representa también el cumplimiento de un sueño personal.
Su madre le regaló la novela cuando tenía 12 años y el libro se convirtió en una de esas lecturas que marcaron su adolescencia. Años después, cuando estudió en Nueva York, descubrió que Carmen Martín Gaite había comenzado a escribir la novela precisamente durante su estancia en una universidad estadounidense, después de la muerte de su hija, quien falleció a los 27 años.
La coincidencia se volvió todavía más extraordinaria cuando Miranda, que daba clases de español en Nueva York, utilizó Caperucita en Manhattan como lectura para sus alumnos. Una de sus estudiantes le explicó que conocía profundamente la obra porque su madre era estudiosa de Martín Gaite y la había traducido al inglés.
La joven, además, llevaba el nombre de la protagonista.
“Yo pensé: una de esas llamadas de artista de ‘no puede ser’”, recuerda Miranda.
La novela que había marcado su adolescencia la había llevado hasta la universidad en la que Martín Gaite comenzó a escribirla y, además, había conocido allí a la persona que inspiró el nombre de Sara Allen.
Fue entonces cuando decidió que algún día llevaría la historia al teatro.
Miranda considera que Caperucita en Manhattan posee una dimensión comparable con clásicos infantiles internacionales como Matilda, de Roald Dahl. En su opinión, la novela de Martín Gaite merece nuevas lecturas, adaptaciones y otros caminos de difusión.
“Lo único que he hecho es abrir una veda”, afirma.
Después de su montaje surgieron nuevas iniciativas alrededor de la obra, entre ellas un podcast y una adaptación radiofónica navideña. Para Miranda, ese movimiento confirma que la historia todavía tiene mucho camino por recorrer.
Llevarla al teatro es, finalmente, una forma de devolver a Martín Gaite aquello que la autora le entregó cuando era niña: un libro capaz de acompañar una vida y, décadas después, regresar convertido en escenario, música, juego y una pregunta esencial: qué significa ser libre.
Caperucita en Manhattan se presentará el 3 y 4 de septiembre a las 20:00 horas en la Sala Miguel Covarrubias, como parte del 33 FITU. La propuesta es recomendada para mayores de 10 años.
Foto: Cortesía | Teatro UNAM