Tasa cero: oxígeno para las librerías, pero sin reglas para competir
El gobierno anuncia una medida fiscal largamente exigida por el sector, pero deja abierta una pregunta incómoda: ¿De qué sirve quitar el IVA a las librerías si el precio único del libro continúa sin mecanismos efectivos para cumplirse?
La tasa cero de IVA para las librerías llega como una vieja demanda del sector y como parte de la política integral para fortalecer la cadena del libro. El problema es que una medida fiscal, por sí sola, no corrige décadas de desequilibrios en un mercado donde las reglas existen en el papel, pero siguen sin tener dientes.
El punto fue planteado durante la conferencia de la Secretaría de Cultura ofrecida por Claudia Curiel y Paco I. Taibo: tras la reforma que amplió a 36 meses la vigencia del precio único, continúa pendiente la elaboración del reglamento que permita hacer efectiva esa disposición. Tampoco existe todavía un registro de precios únicos ni, de acuerdo con lo expuesto, un mecanismo plenamente operativo de monitoreo y sanción.
Ahí está una de las contradicciones centrales. Mientras se anuncia que las librerías recibirán un alivio fiscal estimado entre 200 y 250 millones de pesos anuales, los pequeños libreros siguen compitiendo en un mercado donde algunas plataformas pueden ofrecer descuentos y precios distintos a los establecidos por la ley. La consecuencia no es menor: el precio único, diseñado para evitar que la competencia por descuentos termine expulsando a las librerías independientes, se convierte en una norma difícil de defender cuando no existe quién la vigile y sancione.
La tasa cero tampoco debería venderse como una concesión extraordinaria. Es una corrección que llega con décadas de retraso. Durante años, los editores tuvieron tasa cero mientras las librerías cargaban con el IVA de gastos indispensables para operar. Esa asimetría terminó por castigar especialmente a los establecimientos pequeños, aquellos que no tienen el músculo financiero de las grandes cadenas ni el volumen de ventas de las plataformas digitales.
Pero incluso el remedio puede tener un nuevo filtro.
La Secretaría planteó que el beneficio estaría dirigido a establecimientos cuya actividad sustantiva sea la venta de libros, con alrededor de 90 por ciento de su facturación proveniente de esa actividad. El criterio parece sencillo hasta que se mira desde la calle: ¿qué ocurre con la pequeña librería de barrio que vende café para poder pagar la renta?, ¿con el espacio cultural que organiza presentaciones y talleres?, ¿con la librería independiente que necesita ingresos adicionales porque vender libros, bajo las condiciones actuales, ya no alcanza para sostener el negocio?
Esos establecimientos no dejaron de ser librerías. Adaptaron su modelo para sobrevivir.
El problema es que esa supervivencia también está relacionada con un ecosistema en el que el precio único no se respeta, la competencia digital presiona los márgenes y la relación con las grandes editoriales y los libros en consignación puede ser cada vez más complicada.
Por eso, si la tasa cero pretende ser realmente una política para salvar y fortalecer al pequeño comercio del libro, tendrá que ir acompañada de algo menos vistoso, pero mucho más importante: reglamentar, registrar, vigilar y sancionar.
De lo contrario, se corre el riesgo de ponerle oxígeno a las librerías mientras se mantiene abierto el agujero por el que llevan décadas perdiéndolo.