Federico Vite reconstruye un Acapulco de pérdidas, amistad y esperanza en Oleaje de agua profunda
La novela fue presentada en Chilpancingo con los comentarios de Emiliano Aréstegui, quien destacó su melancolía, sus personajes y una ciudad que funciona como escenario y personaje de una historia marcada por la violencia y la redención.
El escritor acapulqueño Federico Vite presentó el pasado viernes 14 de agosto su novela Oleaje de agua profunda, bajo el sello de Reverberante, durante una actividad promovida por el Colectivo Tarántula Dormida y realizada a las 17:00 horas en el tercer piso de la Coordinación de Zona 1221, ubicada en la calle Hidalgo, en Chilpancingo.
La presentación contó con los comentarios del escritor Emiliano Aréstegui, quien destacó la capacidad de la novela para atrapar al lector desde sus primeras páginas y conducirlo por una historia donde la amistad, la pérdida, la melancolía y la violencia conviven con una esperanza que permanece hasta el final.
Para Aréstegui, uno de los principales méritos de Oleaje de agua profunda es que no parece una novela escrita con pretensiones de demostrar algo. Su lenguaje, señaló, es directo, pero consigue introducir al lector en la historia hasta impedirle abandonarla.
Aréstegui señaló que la novela se mueve entre dos fuerzas: “la rapiña” y la amistad. Mientras una representa la disposición de los seres humanos a aprovecharse de la vulnerabilidad ajena, la otra aparece como una posibilidad de cuidado y resistencia.
Uno de los elementos que destacó fue la presencia de los camiones de Acapulco, convertidos por Vite en una especie de animal urbano. Los vehículos avanzan entre el tráfico como si fueran criaturas a punto de atacar, mientras la ciudad se convierte en un espacio de desesperación, violencia y movimiento contenido.
Para el comentarista, estas imágenes demuestran la capacidad del autor para observar la cotidianidad y transformarla en materia literaria.
La novela, añadió, es profundamente triste, pero esa tristeza no conduce al vacío. Por el contrario, debajo de la pérdida existe una esperanza que se sostiene en la amistad entre dos hombres.
En ese vínculo aparece además una relación marcada por la homosexualidad de uno de los personajes, pero sin que el afecto se convierta en una relación sexual. Lo que permanece es el cuidado del otro, una forma de protección que adquiere un peso central dentro de la historia.
Otro de los ejes señalados por Aréstegui fue la melancolía, presente en un protagonista que ha perdido buena parte de aquello que daba sentido a su vida.
La pérdida de su esposa, la desaparición de su hijo y la descomposición de su propia existencia construyen un personaje acostumbrado a despedirse. Sin embargo, el relato encuentra una posibilidad de recomposición cuando parece que todo está perdido.
Aréstegui consideró que Oleaje de agua profunda se distancia de la etiqueta de “realismo sucio”, pese a abordar ambientes marginales, violencia, alcohol y personajes sometidos a circunstancias adversas.
Para él, la novela posee una literatura propia y, sobre todo, una dimensión esperanzadora. El mundo que retrata puede estar marcado por la rapiña, pero la amistad, el cuidado y la posibilidad de volver a vivir impiden que la historia quede encerrada en la desesperanza.
El comentarista también destacó la presencia de Acapulco como un personaje más de la novela. La ciudad aparece como un paisaje de fondo que se transforma junto con quienes la habitan.
En ese territorio conviven el Acapulco recordado por generaciones anteriores y la ciudad posterior a los procesos de violencia que marcaron al puerto desde 2006. El escritor construye así una ciudad atravesada por distintas capas de tiempo.
Al tomar la palabra, Federico Vite explicó que Oleaje de agua profunda nació durante una etapa en la que se encontraba fuera de Acapulco y comenzó a pensar en la ciudad que conocía con los ojos cerrados.
Recordó espacios del puerto que formaron parte de su vida cotidiana, desde el Zócalo hasta San Juan, y explicó que decidió escribir sobre aquello que sentía que había perdido.
El primer texto de la novela fue escrito en 2004. Con el paso del tiempo, Vite lo corrigió, lo redujo y lo sometió a distintos dictámenes editoriales. Uno de ellos calificó la obra como “muy triste”, comentario que, lejos de desalentarlo, confirmó que había logrado acercarse a aquello que buscaba expresar.
El autor explicó que con los años comprendió que la novela era más compleja de lo que había podido entender durante sus primeras etapas de escritura.
También reconoció que el libro permaneció durante mucho tiempo en su cabeza hasta que encontró una forma definitiva. La pérdida del hijo del protagonista, explicó, no representa sólo un duelo individual, sino la desaparición de un futuro compartido.
El personaje queda sin ciudad, sin esposa, sin trabajo y sin amigos, y debe reconstruirse desde prácticamente nada.
Vite señaló que esa reconstrucción le permitió descubrir dimensiones del personaje que no había previsto durante la escritura, entre ellas una ternura y una pasión que se revelan con mayor claridad hacia el final de la novela.
Uno de los momentos centrales ocurre en un túnel, donde el personaje atraviesa una especie de bautizo profano. Para el autor, esa escena concentra una de las imágenes más poderosas de la novela y representa una transformación del protagonista.
La novela también recupera espacios del Acapulco de décadas anteriores: bares, restaurantes, playas y lugares de encuentro que ya no existen.
Vite mencionó establecimientos y zonas como la Plaza del Mariachi, un espacio que recuerda como una especie de universidad personal por la diversidad de personas que ahí convivían: marineros, banqueros, taxistas, travestis y trabajadores de distintos sectores.
Ese espacio, recordó, permanecía abierto durante toda la noche y reunía a personas de procedencias sociales diversas. La experiencia quedó incorporada a la novela como parte del retrato de una ciudad que ya cambió.
El escritor explicó que su intención no era contar de manera directa la tragedia del hijo, sino concentrarse en el padre y profundizar desde su perspectiva en la experiencia de la pérdida.
Acapulco funciona, de esta manera, como un territorio emocional. Las calles, los árboles, las fuentes, las esculturas, los restaurantes, las playas y los espacios desaparecidos forman parte de un mapa literario que Vite ha construido a lo largo de distintas obras.
Durante la conversación, el autor reconoció que su literatura mantiene una relación cada vez más estrecha con Acapulco. Señaló que no escribe sobre personajes cuya vida esté completamente resuelta porque su interés está en comprender el lugar en el que ha vivido.
“Yo he tomado Acapulco como motivo literario”, explicó.
Vite también reconoció que la violencia aparece como un hilo que atraviesa varias de sus obras, aunque no haya sido una decisión consciente desde el inicio. Con el tiempo, descubrió que la educación sentimental que recibió en Acapulco estuvo marcada por distintas formas de violencia.
En Oleaje de agua profunda, esa relación aparece desde una perspectiva distinta: la ciudad, el malecón, los bares y las calles se convierten en escenarios desde los cuales se observa la vida de los personajes.
El escritor adelantó que continuará explorando Acapulco en futuros libros y que trabaja en un volumen de cuentos relacionado con el puerto.
Durante la presentación también habló sobre la construcción de sus personajes y sobre la utilización de nombres y apodos como una forma de establecer relaciones de intimidad entre ellos.
Personajes como Jimmy, Franz, Enrique, Leno, Lidia y Rocío forman parte de un universo narrativo donde los bares, cantinas, restaurantes y otros espacios funcionan como puntos de encuentro.
Vite explicó que algunos personajes tienen vínculos con personas reales que conoció durante su vida, aunque la novela construye con ellos una realidad propia.
El autor también recordó su experiencia trabajando como taxista y el contacto con personas cuya manera de vivir y hablar terminó alimentando su literatura.
Para Vite, esas experiencias le permitieron acercarse a determinadas formas de masculinidad y a personajes cuya vitalidad quería conservar en la ficción.
La presentación de Oleaje de agua profunda terminó por revelar una novela que mira a Acapulco desde sus pérdidas y transformaciones, pero que encuentra en la amistad una posibilidad de reconstrucción.
En la lectura de Emiliano Aréstegui y en las palabras de Federico Vite apareció una coincidencia: detrás de la ciudad violenta, de los personajes quebrados y de las despedidas, permanece la posibilidad de volver a vivir.
Foto: Cortesía | Hugo Mosqueira.