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De secretaria de cultura a secretaría de festivales y espectáculos de Guerrero

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Una dependencia que debería preservar y difundir el patrimonio artístico e intelectual del estado, parece reducir su agenda a la organización de festividades y espectáculos.

La Secretaría de Cultura de Guerrero, encabezada por Aída Melina Martínez Rebolledo, informó sobre su participación en el Concurso Estatal de Catrinas y Exhibición de Ofrendas, organizado por el Sistema Estatal DIF Guerrero, que preside Liz Salgado Pineda, en la explanada del Palacio de Gobierno, en Chilpancingo.

De acuerdo con la información oficial, la actividad reunió a familias de la capital y contempló un espectáculo de la Academia de Baile Gold Dancers Team, un concurso de catrinas con integrantes del magisterio artístico de la propia dependencia como jurados y un recorrido de las autoridades por las ofrendas instaladas por distintas dependencias estatales.

Sin embargo, más allá de la celebración y de la importancia de mantener vivas las tradiciones del Día de Muertos, como el altar dedicado por la propia secretaría al cantante Joan Sebastian, oriundo de Juliantla, Guerrero, y la presencia de la titular de Cultura en este tipo de actividades plantea una pregunta sobre las prioridades de la política cultural de Guerrero. ¿Cuál es el proyecto de la dependencia para reconocer, preservar y difundir el legado de sus creadores, más allá de los homenajes a figuras populares?

La Secretaría de Cultura no es una oficina de protocolo ni una productora de espectáculos y festivales para acompañar las agendas del gobierno estatal. Su responsabilidad institucional es promover, proteger y difundir las expresiones artísticas, las tradiciones y el patrimonio cultural de Guerrero. Una tarea que exige investigación, memoria, políticas públicas y, sobre todo, reconocimiento a quienes han construido la identidad cultural de la entidad.

En los últimos años, Guerrero ha perdido figuras fundamentales de su literatura, dramaturgia, música, pintura y tradición popular. Entre ellas se encuentran los escritores José Agustín (1944-2024), nacido en Acapulco, referente de la llamada Literatura de la Onda, y Luis Zapata Quiroz (1951-2020), originario de Chilpancingo, cuya novela El vampiro de la colonia Roma abrió nuevos caminos para la literatura mexicana y la representación de las identidades LGBT+.

También está José Dimayuga (1960-2017), dramaturgo, ensayista y director teatral nacido en Tierra Colorada, cuya obra Afectuosamente, su comadre obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia de la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1992. Su trayectoria forma parte de la historia del teatro contemporáneo mexicano.

En las artes plásticas, el estado perdió a creadores como Julia López (1936-2025), pintora originaria de Ometepec cuya obra proyectó la identidad y los paisajes de la Costa Chica; Rogelio Rendón Cabañas (1966-2025), artista de Olinalá, y Hugo Zúñiga (1941-2024), pintor y muralista ligado a la memoria visual de Acapulco. A ellos se suma Pal Kepenyes (1926-2021), escultor de reconocimiento internacional que hizo de Acapulco su lugar de residencia y creación.

La música y las tradiciones tampoco están exentas de estas pérdidas. Armando Carmona Quezada (1931-2026), compositor de piezas como Noche en Acapulco y Chilpancingo de mis amores, y Juan Morales López (1941-2023), autor de la chilena El Poquilín, dejaron un repertorio que forma parte de la memoria musical guerrerense. Más recientemente, la muerte del maestro pitero Luis Hernández Aguilar y del promotor cultural indígena Federico García Parra, ambos en 2026, recuerda la fragilidad de los conocimientos comunitarios y de las prácticas rituales que sobreviven gracias a sus portadores.

Sus nombres representan apenas una parte de un patrimonio humano que merece atención institucional. No se trata de restar importancia a las celebraciones populares ni a los concursos de temporada, sino de cuestionar la ausencia de una política cultural que coloque en el centro a sus creadores, investigadores, artistas y portadores de tradiciones.

Mientras la titular de Cultura aparece en actividades festivas y recorridos oficiales, siguen pendientes preguntas sobre programas de reconocimiento, preservación de archivos, investigación, difusión de obras y acompañamiento a las comunidades culturales.

Guerrero no necesita solamente una Secretaría que organice festivales, concursos y espectáculos. Necesita una institución que conozca, defienda y mantenga viva su memoria cultural. De lo contrario, el riesgo es que la cultura termine reducida a una sucesión de eventos para las fotografías oficiales, mientras el legado de quienes dieron prestigio artístico e intelectual al estado permanece en el olvido.

Foto: Tomada de redes sociales.