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Chirrión | El títere que nació para vencer el miedo y terminó contando la historia de Guerrero

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Hoy, el títere de 90 centímetros de Carlos Alvarado cuenta historias, tradiciones y leyendas de Guerrero. En el camino, también se convirtió en un personaje que lo ayudó a salvarse a sí mismo.

Hablar del origen de Chirrión conmueve a Carlos Alvarado. Lo advierte antes de comenzar la platica con Página Zero y no tarda en cumplirse: “lo más posible es que se me salgan dos que tres lagrimillas”, dice.

La historia del personaje comienza en 2019, durante el último pendón previo a la pandemia, cuando llevó a su hija a Chilpancingo para que conociera una tradición que para él forma parte de su infancia. Alvarado había crecido en Chilpancingo y desde niño sentía fascinación por la Danza de Los Tlacololeros. El sonido del chirrión, las máscaras, los sombreros y la fuerza de la danza eran parte de su imaginario. Su hija, sin embargo, había crecido en Cuernavaca y aquella manifestación cultural le resultaba desconocida. Durante el pendón descubrió que la niña les tenía miedo a los tlacololeros.

Para Alvarado aquello fue un pequeño golpe emocional: ¿Cómo hacer que su hija dejara de temerles y pudiera descubrir la belleza de aquella tradición? La respuesta fue crear un títere.

Chirrión nació entonces como un compañero para ella. Alvarado ya había recurrido a los títeres desde que nació su hija, cuando mandó hacer uno de un ángel de la guarda. El nuevo personaje tendría una función cotidiana: contarle cuentos por las noches, acompañarla en el aprendizaje de hábitos y convertirse en ese amigo que puede conseguir de un niño lo que a veces un adulto no logra.

La estrategia funcionó. Su hija dejó de tener miedo a los tlacololeros y comenzó a reconocerlos, a identificar sus regiones y a acercarse a la tradición.

A partir de ahí comenzó una transformación que ni el propio Alvarado imaginaba. Durante la pandemia, encerrado en casa y buscando una actividad que le permitiera mantener la cabeza ocupada, retomó aquella idea. Como no sabe dibujar, acudió a su amigo el artista plástico David León para desarrollar el diseño. El resultado fue un personaje con una apariencia amigable, inspirado en elementos de las máscaras de Chilpancingo y Chichihualco, además del característico sombrero adornado con flores de cempasúchil.

Después llegó el títere, elaborado por el maestro Yolo, y con él una nueva tarea: encontrarle una voz.

Alvarado pasó horas frente a la computadora, observando cómo mover la boca, los gestos y las distintas expresiones del personaje. Hasta que ocurrió algo que para él fue fundamental: sintió que Chirrión le indicó cómo debía hablar.

Así apareció un niño de 10 años, travieso, irreverente, alegre, sin filtros y ajeno a la corrección política. Un personaje que no solamente representaba una tradición, sino que adquiría personalidad propia.

Durante la pandemia, Chirrión comenzó a contar historias de Guerrero. Alvarado y un amigo fotógrafo viajaron a distintas comunidades para documentar tradiciones, danzas y gastronomía. El personaje habló de los tlacololeros, los diablos de Cuajinicuilapa y la gastronomía de Tixtla, entre otros temas.

La aventura comenzó a crecer. La Universidad de Guanajuato lo invitó a ofrecer una conferencia sobre los tlacololeros después de conocer sus videos. Más tarde llegó una invitación desde Texas para participar en un festival dedicado a las máscaras mexicanas.

Pero el proyecto terminó guardándose durante un tiempo. La vida, el trabajo y las responsabilidades familiares hicieron que Chirrión quedara en el baúl de los recuerdos.

Hasta que regresó.

El año pasado, en medio de una situación personal difícil, Alvarado recibió la invitación de un amigo de una televisora local para recuperar al personaje y llevarlo a un programa matutino. Los títeres necesitaban reparación y fue Ricardo Tapia, en Acapulco, quien se encargó de restaurarlos.

“Esta cara que ahorita tiene Chirrión no es la original, ya es la de después del Botox”, bromea.

Comenzaron nuevamente las cápsulas sobre tradiciones y la respuesta del público fue creciendo. En la calle, la gente empezó a reconocer al personaje y a preguntar por él.

Entonces surgió una nueva posibilidad: darle un programa cultural. Y de esa conversación nació una idea distinta: que Chirrión dejara de limitarse a las cápsulas y comenzara a contar cuentos, mitos y leyendas.

Así surgieron los Cuentos mágicos de Chirrión, con una nueva historia cada viernes. La propuesta amplía el universo del personaje y lo coloca como un vehículo para acercar la cultura a niños y familias.

Pero Alvarado no quiere detenerse ahí. Su siguiente proyecto es El barrio de Chirrión, una especie de Plaza Sésamo tropicalizada y profundamente mexicana, donde aparecerán nuevos personajes y se abordarán temas educativos. La intención es hablar de historia de México, ciencias naturales, matemáticas y también asuntos delicados como el acoso y el abuso infantil.

Para desarrollar el proyecto cuenta con dramaturgos, maestros y especialistas que ayudan a construir los contenidos. La apuesta es que Chirrión pueda convertirse en una herramienta para docentes y niños.

El proyecto también representa para Alvarado una batalla contra sus propias dudas. Reconoce que quisiera verlo crecer rápidamente, pero está aprendiendo a tener paciencia. El estreno de uno de los cuentos le hizo preguntarse qué sentido tenía todo el esfuerzo si apenas lo veían unas cuantas personas. Después cambió la perspectiva: que lo vieran dos, diez o veinte personas ya era una ganancia.

Porque la finalidad, asegura, no es hacerse millonario.

“Yo esto no lo quiero hacer por dinero”, afirma.

Su objetivo es que aquel personaje que alguna vez creó para su hija pueda servirle a alguien más. Puede ser un maestro que encuentre una manera de explicar un tema complicado, un niño que necesite distraerse o una familia que encuentre en una historia un momento de compañía.

Y entonces aparece la parte más íntima de la historia.

Alvarado reconoce que Chirrión también lo ha salvado a él. Durante la pandemia lo ayudó a combatir el encierro y la ansiedad. Más tarde, cuando atravesaba una situación personal particularmente difícil, volver al personaje significó recuperar una parte de sí mismo.

“Desde la pandemia viene rescatándome de la depresión, de la ansiedad”, confiesa.

Por eso, cuando se le pregunta qué ocurriría si algún día Chirrión pudiera encontrarse con Carlos Alvarado y decirle algo, la respuesta deja de ser un juego.

“Me diría gracias, me daría un abrazo y chillaríamos los dos”, imagina.

Después, El Chirrión probablemente volvería a ser ese niño travieso que lo acompaña desde hace años y le pediría que siguiera adelante.

“Y después de eso me diría: pero vamos por un pozolito”.

La broma cierra una historia que comenzó con el miedo de una niña a una danza tradicional y que hoy busca convertir a un títere en narrador de Guerrero, compañero de los niños y, quizá sobre todo, en ese pequeño personaje que aparece cuando alguien necesita recordar que todavía hay historias que contar.

Foto: Cortesía | Carlos Alvarado.