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Roxana Cortés convierte el archivo de la violencia en poesía viva

roxanacortesabril2026

La autora gana el Premio Latinoamericano de Poesía Martha Eugenia Santamaría Marín con un libro que resignifica el cuerpo, la memoria y la voz

La poeta Roxana Cortés obtuvo la IV edición del Premio Latinoamericano de Poesía Martha Eugenia Santamaría Marín con Biografía en rojo, un poemario que transforma los lenguajes de la violencia —expedientes, actas e informes forenses— en una experiencia poética que busca restituir el nombre, el cuerpo y la voz de las mujeres.

En entrevista con Página Zero, la autora guerrerense comenta que Biografía en rojo es un poemario que entrelaza expedientes, actas, informes forenses y recuerdos íntimos para construir un contraarchivo poético en el que la violencia se transforma en una búsqueda de recuperación del nombre, del cuerpo y de la voz.

Con una lengua intensa y encendida, el libro transforma el registro burocrático en materia sensible y conduce de la herida personal a la potencia colectiva de quienes nombran, recuerdan y resisten.

¿Cómo nació Biografía en rojo? ¿Hubo un detonante emocional o conceptual específico?

Nació de una incomodidad muy profunda con los lenguajes que históricamente han hablado por los cuerpos de las mujeres: el lenguaje de la vergüenza, el lenguaje del silencio, el lenguaje jurídico y el lenguaje forense. Había en mí una necesidad de devolverle respiración, temblor y espesor humano a aquello que muchas veces queda reducido a expediente, nota roja o estadística.

El detonante fue emocional, desde luego, pero también conceptual: me interesaba explorar qué pasa cuando la poesía entra en esa zona donde el cuerpo ha sido nombrado por otros y decide recuperar su propia voz.

Desde el inicio supe que no quería escribir únicamente sobre una herida, sino sobre el proceso de atravesarla, nombrarla y transformarla. Por eso el libro comienza con una idea de renacimiento y de autoengendramiento, y luego se interna en el archivo, en la violencia, en la memoria y en la restitución del nombre. En ese sentido, el libro nació tanto de una fractura como de una voluntad de reescritura de la vida.

¿Por qué elegir el “rojo” como eje simbólico de la obra?

Le elegí porque es un color que no admite una sola lectura. En el libro, el rojo es sangre, pero también es señal, herida, menstruación, peligro, rabia, archivo, prueba, pulsación y resurgimiento. Me interesaba trabajar con un símbolo que pudiera desplazarse y cambiar de intensidad a lo largo del poemario. El rojo empieza asociado a la marca del daño, a la violencia inscrita en el cuerpo, pero poco a poco se convierte también en una energía de restitución.

Hay algo en el rojo que condensa la vida y la amenaza al mismo tiempo. Esa ambivalencia me importaba mucho. Quería que el color sostuviera la tensión central del libro, es decir, el paso de una experiencia atravesada por el dolor a una voz capaz de devolverle sentido, dignidad y potencia a lo vivido. El rojo, entonces, no es solo el color de la herida, es también el del latido que persiste.

¿El libro responde a una experiencia personal directa o a una construcción poética más ficcional?

Diría que responde a ambas cosas. Hay una zona afectiva, íntima y ética muy verdadera en el origen del libro; sin embargo, Biografía en rojo no está escrito como una confesión lineal ni como una transcripción de hechos. Me interesó más construir una voz poética capaz de contener experiencias individuales y, al mismo tiempo, abrirse hacia una dimensión colectiva.

El “yo” del libro no es un yo cerrado ni puramente autobiográfico. Es una voz que a veces habla desde las mujeres sobrevivientes a la violencia, a veces desde sus víctimas y finalmente desde una comunidad de mujeres que se sostienen unas a otras. Más que decidir entre autobiografía o ficción, quise trabajar en esa zona donde la experiencia se vuelve forma, donde lo vivido pasa por una elaboración verbal y simbólica que le da otra profundidad.

¿Cómo fue tu proceso creativo al escribir este poemario?

Fue un proceso de capas. Primero aparecieron imágenes muy físicas (la aguja, la tela, la sangre, el metal, el expediente, la respiración, la cicatriz). Después apareció la necesidad de que esas imágenes dialogaran con registros documentales como actas, informes, protocolos y dictámenes. Me interesaba mucho esa fricción entre una lengua burocrática, que pretende neutralidad, y una lengua poética capaz de devolverle temblor a lo que ha sido clasificado o enfriado.

También fue un proceso de escucha. Tuve que escuchar qué tipo de respiración pedía cada zona del libro. Hay poemas más contenidos, casi clínicos. Otros son más expansivos, más visionarios. Hacia el final la voz se vuelve coral y pública. Esa modulación fue importante. Mi idea era que el libro no podía sonar igual en todas sus secciones porque su recorrido interno es precisamente el de una voz que se transforma.

¿Trabajaste los poemas como piezas independientes o como un conjunto orgánico desde el inicio?

Algunos poemas surgieron primero como núcleos independientes, pero pronto entendí que no estaban pidiendo permanecer aislados. Había entre ellos una corriente subterránea de motivos que regresaban, imágenes que insistían, una misma pregunta por el cuerpo, el nombre, la justicia y la memoria. En ese momento empecé a pensar el libro como una estructura orgánica, casi como un trayecto.

Para mí era muy importante que el orden produjera sentido. El paso de “Yo” a “Anatomía de un expediente vivo”, luego a “Biografía en rojo” y finalmente a “Escena pública: Zócalo” responde a una arquitectura deliberada: de la fractura íntima al archivo, del archivo a la restitución simbólica, y de esa restitución a la aparición pública de la voz. Quería que el lector sintiera que no estaba frente a una suma de poemas, sino frente a una experiencia de transformación.

¿Qué papel juega la reescritura en tu poesía?

La reescritura es fundamental. Para mí, un poema rara vez nace terminado, más bien aparece como un pulso inicial, una zona de intensidad que todavía necesita precisión, ritmo, respiración y forma. Reescribir implica escuchar mejor el poema, quitarle lo obvio, afinar su temperatura verbal, dejar solo aquello que verdaderamente tiene peso.

En un libro como Biografía en rojo, la reescritura fue decisiva porque el tema exigía mucho rigor. Había que evitar el exceso, la retórica vacía o la mera descarga emocional. Me interesaba que cada poema conservara su herida, pero también su inteligencia formal.

Reescribir fue encontrar el punto en que la experiencia deja de ser solo materia autobiográfica y se convierte en lenguaje con espesor, en una voz que puede sostener verdad, belleza y tensión al mismo tiempo.

Foto: Especial.