Ficción, archivo y poder: la colección privada como dispositivo artístico
Entre sátira y universo expandido de Ome Galindo, el creador de la Condesa Dårlin Heks reflexiona sobre museo, memoria y legitimación cultural
Un pliego que se despliega hasta convertirse en políptico. Un museo con nombre en alemán. Una universidad ficticia enclavada en una geografía inventada. Y, al centro, una figura enigmática: la Condesa Dårlin Heks. La Colección privada no es solo un libro-objeto, sino un dispositivo artístico donde convergen ficción, archivo y poder.
En entrevista para Página Zero con Ome Galindo quien nos cuenta sobre el origen del proyecto, la construcción de su universo y las tensiones entre valor simbólico y valor económico en el arte contemporáneo.
—¿Cómo nace la idea de crear La colección privada como dispositivo artístico?
—Surge de mi fascinación por los libros extraños y los soportes curiosos. Siempre me han interesado los formatos poco convencionales. En Argentina, por ejemplo, la Biblioteca Nacional de la República Argentina lanzó unos libritos del tamaño de cajetillas de cigarro. También hay editoriales que publican libros diminutos, casi como antiguas agendas magnéticas.
Desde esa inquietud formal decidió ir en sentido contrario: trabajar con el pliego.
—Pensé: ¿Qué es lo más grande que puedo manejar? El pliego. Así nace este libro que empieza siendo pequeño y se va desplegando hasta convertirse en algo enorme. Puede tener dos páginas o treinta, depende de cómo lo leas.
Una universidad imposible
En el fondo del proyecto está la creación de la Universidad de Burkenreich, una institución ficticia que funciona como núcleo de un universo narrativo mayor.
—Muchos autores tienen sus ciudades inventadas: Macondo o la Universidad de Arkham en la obra de H. P. Lovecraft. Yo quería mi propio lugar imposible.
Dentro de ese mundo emerge la Condesa Dårlin Heks, figura central de la colección.
—Es un personaje ficticio. Siempre me ha fascinado el poder simbólico de la mujer en la mitología: esa conexión con la naturaleza, con la vida. Después, el poder institucional desplazó esa figura. Yo quise recuperarla desde la exageración.
La Condesa, explica, es una entidad que trasciende el tiempo, reencarnando simbólicamente en hijas y descendientes para perpetuar su influencia.
—No es exactamente un alter ego. Tengo otros personajes que funcionan como máscaras, pero ella es algo distinto. Incluso a mí me cuesta seguir definiéndola.
Archivo antes que museo
Aunque el proyecto simula una exposición en el “Museum der privaten Sammlung der Gräfin Dårlin Heks”, el autor matiza:
—No me interesa tanto el museo como edificio. Me interesa el archivo.
La noción de archivo, trabajada por pensadores como Michel Foucault y Jacques Derrida, aparece aquí como eje conceptual.
—Los objetos cuentan historias. Si juntas varios, puedes reconstruir una vida, una época. El lector completa las conexiones. Yo trabajo mucho desde la teoría de la recepción: quien lee es quien termina de armar el rompecabezas.
El libro, con manchas deliberadas y palabras parcialmente censuradas, exige atención minuciosa.
—No pido un lector con maestría, pido un lector atento.
¿Crítica al elitismo cultural?
—¿La obra es una crítica al elitismo asociado a las colecciones privadas?
—Sí hay una crítica al acaparamiento y al deseo de poder. Algunos objetos lo muestran claramente. A la familia Heks le va mal precisamente por esa obsesión de poseer.
También reconoce una dimensión autoficcional.
—Puede haber una crítica a la pedantería académica, al poder simbólico, incluso a la percepción de la sexualidad. Está ahí.
La curaduría interna del proyecto revela decisiones conscientes: ciertos objetos quedaron fuera porque mostraban vulnerabilidades que el relato no necesitaba aún.
—Esta es solo una cara de muchas generaciones de la familia Heks.
Valor simbólico vs. valor económico
Para materializar el libro-objeto recurrió a una campaña de crowdfunding en Kickstarter.
—Fue un filtro. Las editoriales tradicionales no siempre quieren un libro-objeto. Incluso venderlo en librerías fue un proceso de legitimación.
El precio —$150 pesos— contrasta con la complejidad del proceso: diseño gráfico, corrección de estilo, maquetación, impresión en dos tintas.
—En el fondo, todos los libros son pliegos doblados. Lo que pagas es la experiencia, el trabajo detrás. Si alguien paga más por una experiencia cinematográfica, ¿por qué no pagar por una experiencia de lectura distinta?
Exotismo y verosimilitud
El uso del alemán y la ambientación centroeuropea aportan una atmósfera particular.
—Me gustan los idiomas y los cruces culturales. Suiza me fascinó como crisol: alemán, francés, italiano. Eso me permitió crear algo verosímil. Mucha gente me pregunta si el museo existe. Lo creen porque doy datos mínimos. A veces lo “exótico” se acepta sin cuestionar.
Memoria personal y colectiva
—¿La colección es una metáfora de la memoria?
—Más que metáfora, diría alegoría. Hay mucho de mí ahí. No se puede separar al autor de la obra.
Cada descendiente Heks encarna rasgos distintos: la viajera, la enfermiza, la hedonista. Los objetos —reglas, medallones, miniaturas— funcionan como microhistorias.
—Un objeto habla más del contexto que de sí mismo.
Universo en expansión
El proyecto no termina en La colección privada. El autor prepara una novela centrada en IÆgon O. Dilm
, uno de los personajes del universo Heks, y una nueva temporada de su pódcast narrativo Misterios de lo aún escrito. Además, su libro Enciclopedia fantástica fue reconocido en el Certamen Nacional de Cuento Laura Méndez de Cuenca.
La colección, entonces, no es un punto de llegada sino una puerta de entrada: un archivo ficticio que cuestiona quién decide qué merece conservarse y bajo qué condiciones el arte se legitima.
En esa tensión entre ficción y poder, la Condesa Dårlin Heks sigue ampliando su dominio.
Foto: Especial.