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Ferzog | Una historia que cruza lo íntimo con lo gótico

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El autor explora identidad, miedo y aislamiento en Marcas, su novela gráfica

En Marcas de Ferzog, el autor construye una novela gráfica que se mueve entre la memoria personal y el misterio. A partir de experiencias juveniles, la historia de Magnolia se convierte en un relato sobre la diferencia, la percepción de uno mismo y los vínculos que se fracturan. En esta entrevista con Página Zero, el creador detalla el origen del proyecto, su estructura narrativa y los elementos simbólicos que atraviesan la obra.

—¿Cómo nació la idea de Magnolia y su maldición?

—Nació desde una intención muy personal. Yo quería hacer una historia honesta, algo que viniera desde dentro y no desde una lógica de mercado o publicación. No pensé en si se podía vender o no, sino en construir algo que partiera de mis propias experiencias.

Eso me llevó a recordar momentos de mi adolescencia. Hubo uno muy puntual: reprobé matemáticas en secundaria y tuve que asistir a una escuela de recuperación en verano. Era un entorno complicado, con estudiantes que arrastraban varios fracasos escolares y que podían resultar intimidantes.

Lo curioso es que, aunque el ambiente era hostil, nadie se metía conmigo. Eso generaba una sensación extraña. Yo pensaba que tal vez provocaba miedo en los demás. Esa percepción de ser distinto, de cargar con algo que no se puede explicar, se quedó conmigo durante años.

Dos décadas después retomé esas vivencias. Desde ahí surgió la historia: desde esa sensación juvenil de no encajar, de sentirse observado o aislado sin una causa clara.

—En la novela, esa sensación se traduce en una “marca”. ¿Cómo funciona dentro del relato?

—La historia sigue a Magnolia, una chica de trece años que destaca en la escuela y en el deporte, pero que cree tener una marca invisible. Nadie la molesta, pero tampoco logra generar vínculos cercanos. Ella interpreta esa distancia como una maldición.

Esa idea se convierte en el eje del relato. A partir de una situación escolar, Magnolia es enviada a una institución de recuperación académica. Ahí aparece otro personaje clave: la directora, una figura enigmática que se comunica con los alumnos mediante cartas y que despierta rumores entre ellos.

El conflicto central no gira en torno a un objetivo inmediato, sino a una pregunta: por qué esta mujer se interesa en la supuesta maldición de Magnolia. Esa tensión sostiene la historia.

En ese sentido, existen dos tipos de marca. La de Magnolia tiene un carácter psicológico, ligada a la percepción y a la ansiedad. La de la directora es tangible, concreta. Esa dualidad permite explorar distintas formas de lo que significa sentirse marcado.

—¿Hay un componente autobiográfico en la obra?

—Sí, hay elementos personales. No se trata de contar mi vida, pero sí de partir de experiencias propias. El sentimiento de rareza, la dificultad para integrarse en ciertos contextos, incluso los espacios físicos están inspirados en lugares reales de Puebla.

También hay aspectos más simbólicos. La directora, por ejemplo, puede leerse como una proyección extrema de ciertas ideas mías: el deseo de aislarse del mundo, de observarlo desde la distancia. No fue algo planeado, pero apareció en el proceso.

La intención fue tomar esas experiencias y construir personajes con identidad propia, sin que se convirtiera en un relato autobiográfico directo.

—La historia utiliza el formato epistolar. ¿Por qué elegir este recurso?

—Tiene que ver con la tradición gótica. Muchas obras del género utilizan cartas para desarrollar la trama. Ese recurso permite dos cosas: construir atmósfera y controlar la información.

Las cartas generan distancia entre los personajes, pero también intimidad. Permiten revelar y ocultar al mismo tiempo. En esta historia, ese mecanismo ayuda a reforzar el misterio y la tensión psicológica.

Además, introduce una experiencia que ya no es común. Recibir una carta tiene un peso distinto al de un mensaje digital. Eso aporta otra capa a la narración.

—¿Ese recurso contribuye al tono oscuro de la obra?

—Sí. La novela busca construir una atmósfera más que depender de giros constantes. El uso del blanco y negro, los espacios arquitectónicos y la estructura epistolar trabajan juntos para generar una sensación de inquietud.

No se trata de terror directo, sino de una tensión más interna. Algo que se percibe en el ambiente y en la mente de los personajes.

—¿Qué fue lo más complejo en el proceso de creación?

—La escritura fluyó. Tenía clara la historia y los personajes. El reto estuvo en la ilustración. Dibujar cada viñeta implica tiempo, paciencia y repetición.

Es un proceso largo. Puedes escribir en semanas, pero ilustrar puede tomar meses o más de un año. Es una labor que exige constancia.

—¿Planeas seguir trabajando con el formato epistolar?

—Por ahora no. Fue una decisión específica para esta historia. No descarto volver a usarlo, pero no es algo que esté considerando en este momento.

—¿Estás desarrollando nuevos proyectos?

—Sí. Trabajo en otra historia que también se sitúa en un entorno real. Trata sobre dos jóvenes en un conservatorio de música que, a través del arte, entran en contacto con algo que trasciende lo cotidiano.

Mantiene elementos de misterio, aunque desde otro enfoque.

—Si pudieras reescribir Marcas, ¿cambiarías algo?

—No. Toda obra puede mejorar, pero estoy conforme con el resultado. Trabajé con un equipo editorial sólido que aportó mucho en el proceso.

En este momento, siento que el libro funciona como debe. Es una historia completa y coherente.

—¿Qué esperas que encuentre el lector en esta novela gráfica?

—Una experiencia que conecte con emociones personales. La historia puede leerse como un relato de misterio, pero también como una reflexión sobre las marcas que cargamos.

Todos hemos tenido momentos que nos definen o nos pesan. Si el lector logra identificarse con eso, entonces la historia cumple su propósito.

Foto: Especial.