Entre versos, café y provocaciones, Roxana Cortés y Ari J. González hablan de la poesía que se escribe en Guerrero
La primera sesión de “Ven a tomar un café con nosotros y a escuchar un poema”, realizada en el Centro Cultural Domingo Soler, abrió un diálogo sobre la musicalidad de la poesía, la identidad territorial, la violencia.
¿Existe una musicalidad propia de la poesía guerrerense? ¿Qué lugar ocupan los poetas del sur en la literatura mexicana? ¿Se puede escribir desde Guerrero sin que la violencia atraviese las palabras? Estas fueron algunas de las preguntas que surgieron durante el encuentro con Roxana Cortés y Ari J. González, protagonistas de la primera sesión de “Ven a tomar un café con nosotros y a escuchar un poema”, en el Centro Cultural Domingo Soler, en Acapulco.
Lo que comenzó como una lectura de poesía terminó convertido en una conversación sobre la identidad, las formas de escribir y las dificultades de abrirse camino en un panorama literario donde las voces del sur no siempre encuentran la misma atención que las de otras regiones del país.
La sesión llegó con dos semanas de retraso debido a las lluvias y tormentas que afectaron al puerto, recordó Gabriel Brito, integrante del Patronato Domingo Soler, quien aprovechó para compartir sus impresiones sobre la escritura de ambos invitados.
De Ari J. González destacó la síntesis y precisión de sus poemas, mientras que de Roxana Cortés celebró su capacidad para construir imágenes, emociones y pequeñas historias a través de la palabra.
Brito recordó una experiencia con el libro Todos mis amantes, de Cortés, que colocó en la biblioteca de la escuela donde trabaja. El título despertó la curiosidad de unas alumnas que, después de escuchar un par de poemas, terminaron interesadas en llevarse el ejemplar a casa.
Pero la conversación tomó otro rumbo cuando desde el público surgió una pregunta sobre la musicalidad como posible sello de la poesía escrita en Guerrero.
Los poetas coincidieron en que la sonoridad del lenguaje tiene una relación profunda con el territorio, aunque no necesariamente constituye una característica exclusiva de los escritores guerrerenses.
Se habló de la respiración, de las formas de hablar en la costa, de las palabras heredadas de otras culturas y de los ritmos que sobreviven en la memoria colectiva.
La chilena apareció entonces como una referencia inevitable: esa música que hace reconocible al territorio y que, de alguna manera, también puede filtrarse en la escritura.
La discusión fue más allá de la geografía. Los participantes plantearon que la identidad literaria de Guerrero no puede entenderse como algo puro o inmóvil, sino como el resultado de migraciones, intercambios culturales e influencias que han atravesado durante siglos al puerto de Acapulco y al resto del estado.
Otra pregunta, más provocadora, puso sobre la mesa la presencia de la poesía guerrerense en el panorama nacional.
Ari J. González respondió desde su experiencia personal. Recordó que durante sus estancias en Michoacán y en encuentros literarios de la Ciudad de México encontró interés y receptividad hacia su trabajo. También señaló que las nuevas generaciones cuentan con mayores posibilidades de compartir sus textos y establecer conversaciones con escritores de otras regiones e incluso de otros países.
Roxana Cortés, por su parte, consideró que los reconocimientos obtenidos por distintos autores guerrerenses son indicios de una literatura que ha conseguido abrirse espacios, aunque advirtió que los premios no deben convertirse en la única medida del valor de una obra.
En la conversación aparecieron nombres como Jesús Bartolo Bello, Yelitza Ruiz y Brenda Ríos, así como la diversidad de propuestas estéticas que actualmente conviven dentro y fuera de Guerrero.
Sin embargo, también surgió una realidad difícil de eludir: escribir desde un territorio marcado por la violencia, la pobreza y la precariedad.
Para Cortés, estas condiciones no solamente forman parte del contexto de los creadores, sino que pueden convertirse en detonantes de respuestas artísticas y en otras maneras de narrar el lugar que habitan.
La poeta defendió además la importancia de que los escritores construyan sus propios caminos, sin depender exclusivamente de premios, secretarías de Cultura o instituciones gubernamentales para encontrar lectores.
Desde el público, uno de los asistentes agradeció la lectura y confesó que, después de cuatro años viviendo en Acapulco, continúa descubriendo la historia del puerto a través de sus escritores.
“Nos están dando una enorme oportunidad de conocer a los poetas. Y esto es una verdadera clase”, expresó, antes de reconocer las metáforas dolorosas presentes en los textos.
Entre poemas, preguntas y algunas provocaciones, la sesión dejó una idea compartida: la poesía guerrerense no responde a una sola voz, ni necesita limitarse a una identidad regional para hacerse escuchar.
Y quizá ahí estuvo lo más interesante de la tarde: no solamente escuchar a dos poetas leer sus textos, sino discutir qué significa escribir desde Guerrero, cómo se construye una voz propia y hasta dónde pueden viajar las palabras nacidas en este territorio.
Foto: Miguel Benítez.