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Entre dinosaurios y carretera, la apuesta gráfica de Jorge Mendoza para lectores jóvenes

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El autor reflexiona sobre el proceso creativo junto a David Nieto y la apuesta por historias dirigidas a nuevas generaciones lectoras

En un panorama donde la novela gráfica infantil aún busca consolidarse, Jorge Mendoza en entrevista con Página Zero menciona que El despegue, un proyecto que tardó más de seis años en tomar forma y que surge de una inquietud clara: la falta de materiales dirigidos a lectores más jóvenes.

En colaboración con David Nieto, el libro propone una aventura protagonizada por una familia que emprende un viaje hacia el lanzamiento de una nave espacial, pero cuyo verdadero centro narrativo ocurre en el trayecto.

La obra nació en medio de múltiples factores: la experiencia de ambos autores trabajando con niñas y niños, su vida como padres y el contexto del confinamiento durante la pandemia. Lejos de responder a una estrategia comercial, la elección de los dinosaurios como eje narrativo obedece a una afinidad personal. “Si fuera por vender, haríamos otra cosa”, señala Mendoza, quien reconoce que el proyecto se sostiene desde el entusiasmo creativo más que desde el mercado editorial.

La historia parte de un suceso sencillo —ganar un pase para presenciar el despegue de un cohete— para detonar una travesía familiar por carretera. En ese recorrido, lo importante no es el destino, sino lo que sucede entre un punto y otro: los encuentros, los paisajes y las transformaciones emocionales de los personajes. La narrativa se enfoca en cómo, a lo largo del viaje, la familia se redescubre y fortalece sus vínculos.

Uno de los aspectos más singulares del libro es su proceso de creación. A diferencia de la práctica habitual en la novela gráfica, donde se separan las funciones de guionista e ilustrador, Mendoza y Nieto asumieron ambos roles de manera conjunta. Alternaron escritura y dibujo, intervinieron los textos del otro y, para construir diálogos coherentes, cada uno adoptó personajes específicos: Mendoza dio voz a la niña y al padre, mientras que Nieto trabajó con el niño y la madre. Este ejercicio permitió mantener una continuidad tonal en la historia.

La resolución visual implicó retos particulares. Inicialmente, cada autor trabajó en bocetos del viaje, pero las diferencias en estilo obligaron a replantear la estrategia. Finalmente, se estableció una división: Mendoza se encargó de los fondos y personajes secundarios, mientras Nieto dibujó a los protagonistas. Esta decisión contribuyó a generar una mayor cohesión estética.

El uso del color se convirtió en un elemento narrativo clave. Cada día del viaje está marcado por una paleta distinta, siguiendo una lógica cercana al círculo cromático. Lo que comenzó como una solución práctica para agilizar el proceso de coloreado terminó por adquirir múltiples significados: delimitar el paso del tiempo, facilitar la lectura para públicos infantiles y, de manera más simbólica, aludir a la imposibilidad de conocer el color real de los dinosaurios.

“Si no se sabe de qué color eran, entonces pueden ser todos”, explica el autor.

La propuesta también dialoga con interpretaciones abiertas. Algunos lectores han asociado los cambios cromáticos con los estados emocionales de los personajes, una lectura que, aunque no fue intencional, enriquece la experiencia del libro.

El acompañamiento editorial resultó fundamental para consolidar la obra. Mendoza destaca la colaboración con el equipo del Fondo de Cultura Económica, en particular con la editora Susana Figueroa, cuya intervención fue clave en aspectos como el ritmo narrativo y la construcción de conflictos. Sin embargo, subraya que el proceso se caracterizó por el respeto a las decisiones creativas del equipo autoral, incluso en elementos inicialmente cuestionados, como el uso del color.

Más allá de su estructura formal, El despegue plantea una invitación a mirar la narrativa gráfica como un espacio de experimentación y juego. Mendoza insiste en la importancia de que nuevas generaciones de creadores se atrevan a desarrollar sus ideas:

“Las historias existen cuando se llevan a cabo”, afirma.

La novela gráfica no solo propone un viaje físico hacia un lanzamiento espacial, sino también un recorrido por la imaginación, la memoria afectiva y las posibilidades del lenguaje visual. 

Foto: Especial.