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El Rey Rata: ambición y poder en una fábula oscura

EL REY RATA-ALEJANDRO ALÍ

El cuento de Alejandro Alí narra el encuentro entre un gato hambriento y una comunidad de roedores, donde la codicia y el deseo de dominio conducen a un desenlace fatal

El gato Haru camina hambriento por las calles, con pasos sigilosos, se desliza hacia las jardineras del viejo hospital, cuyas paredes descascaradas y fragancia a moho presagian su inminente derrumbe.

Persigue una paloma intentando atraparla, pero no tiene éxito y el ave escapa. De pronto, entre la mortecina luz del crepúsculo detecta una rata que sube a un pedestal en el jardín terapéutico. Sobre el pedestal se encuentra una gran estatua de bronce con la imagen de una mujer abrazando a su bebé.

Haru intenta capturar a su presa, pero se detiene, ya que al lugar comienzan a llegar muchas más ratas, ¡decenas, cientos de ellas! Haru se queda inmóvil, agazapado en sigilo, entre las plantas de una jardinera, solo para observar.

La rata sube a lo alto de la estatua, se posa sobre su cabeza y comienza a dirigir lo que parece ser una reunión.

Haru observa que la rata es muy singular ya que es de un gran tamaño y de color blanco brillante, a diferencia de todos los demás, quienes son de pelaje oscuro, del color de la noche.

—¡Salve oh rey! —Grita una rata negra en el pedestal y todos los demás siguen el coro:

—¡Salve, oh rey! ¡Salve, oh rey de las ratas!

Haru no podía creer lo que sus ojos estaban viendo, en toda su vida de gato jamás creyó conocer a un Rey Rata.

En ese momento el Rey Rata habla a sus discípulos:

—¡Hermanas ratas y ratones! —señala solemnemente—, recuerden los días en que todos pasaban hambre y tenían que comer de la basura de los contenedores. Yo fui creado en un bioterio: un laboratorio de investigación biomédica, hacían pruebas conmigo y con otros hermanos quienes murieron a causa de esos experimentos. Mucho tiempo observé, aprendí de los humanos y me volví la rata más inteligente ¡Solo yo resistí y escapé de ese infierno!, hoy vivimos en los jardines, la lavandería y las coladeras de un gran hospital.

—Así es —contesta un ratón pequeño—. ¡Por eso lo elegimos como nuestro rey! Él formó la hermandad de «Las Ratas Recolectoras», quienes buscan y traen nuestros sagrados alimentos, y ya nunca más sufrimos por el hambre.

—Nuestro rey es tan inteligente —afirma la rata consejera—, que conoce cómo burlar las trampas del hospital donde hoy vivimos y los venenos que colocan los humanos. Gracias a él, hemos sobrevivido con abundancia de comida, tenemos la cocina del hospital para recolectar y, por si fuera poco, la gran bodega de los alimentos: ¡Quesos, carnes, salchichas, jamones, panes y galletas!

En ese instante el gato Haru, quien había estado muy atento a la reunión de las ratas, se escapa sigilosamente entre los matorrales, rodea la estatua de bronce por la parte trasera, sube al pedestal. ¡Salta con su agilidad felina y atrapa con sus dos garras por el cuello al Rey Rata!

Al verse perdido, el Rey Rata le dice a Haru:

—Gato… gatito… amigo mío… —menciona balbuceando y lleno de miedo—:

¡No tienes qué comerme, ni a ninguna de mis hermanas ratas y ratones! Te propongo un trato: ¿Qué te parece si me dejas vivir y, a cambio, la hermandad de «Las Ratas Recolectoras» te abastecerá siempre de comida? ¡Ya no tendrás hambre! —Añade el Rey Rata—. ¡Puedes comer hoy, un solo día, o comer para siempre: tú decides la suerte!

Haru se queda reflexionando por un momento la propuesta. Lo que no sabía el Rey Rata es que Haru siempre quiso tener poder y al ver la posibilidad de tener un ejército de ratas a su servicio, le dice al Rey Rata:

—Tú eres el rey de las ratas, pero ¿quién mejor que un gato para dirigirlas y gobernarlas?

Súbitamente, Haru corta la cabeza del Rey Rata con sus afiladas garras; la toma entre sus zarpas, la lleva a lo más alto de la estatua, la muestra a todas las ratas y ratones presentes y les dice, muy tajante:

—¡He aquí a su rey! Yo le he dado muerte y hoy me proclamo como su soberano. ¡Yo soy el gato Haru, rey de las ratas!

Todas las ratas y ratones enloquecen; comienzan a chillar y saltar con frenesí, apilándose unos sobre otros hasta formar una montaña de roedores de dos metros de altura. Aquella masa se acerca lentamente, tambaleándose hacia el gato Haru, quien cree que vienen a idolatrarlo y proclamarlo rey por el pavor que les inspira.

La montaña de ratas cae de súbito sobre el lomo de Haru. Comienzan a morderlo y a desgarrarlo con sus garras, al tiempo que emiten espeluznantes chillidos: «¡Iik-iik-iik!». Haru intenta luchar, pero siente cómo los roedores laceran su piel; el crujir de dientes y uñas le advierte que ya no puede más.

Finalmente… Haru cae muerto, devorado por los súbditos del Rey Rata y por la ambición de su propia alma.