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Trato o truco o Reyes Magos en el concierto de la OFA

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Entre Shostakóvich, un salón que vuelve a evidenciar las limitaciones para escuchar a una gran orquesta y un inesperado acto de reconocimientos, el concierto de temporada de la OFA dejó más preguntas que respuestas.

Octubre apenas comienza y Acapulco ya empieza a mirar hacia el Día de Muertos. Pero en el calendario cultural también se cuela otra tradición: el “trato o truco”. Y en el concierto de temporada de la Orquesta Filarmónica de Acapulco (OFA), celebrado el jueves 1 de octubre en el Salón Jaguar del Hotel Playa Suites, hubo un poco de ambos.

El “trato” fue volver a escuchar a la OFA en un espacio que, aunque ha recibido a la agrupación y merece reconocimiento por ofrecer sus instalaciones, continúa siendo una sede poco adecuada para una orquesta sinfónica. El programa tenía suficiente dimensión para exigir otra cosa: Guerrero es una cajita, de Antonio Isidoro Delgado; La Moldava, de Bedřich Smetana, y la Sinfonía núm. 5 de Dmitri Shostakóvich.

La última obra, particularmente, puso a prueba los límites del recinto. Sus contrastes entre los pasajes contenidos y las explosiones sonoras de una gran orquesta requieren condiciones acústicas y espaciales que permitan distinguir cada sección. En el Salón Jaguar, la intensidad de la ejecución llegó al público sin demasiados filtros: por momentos, más que escuchar a Shostakóvich, había que resistirlo.

Y, sin embargo, la música encontró su cauce. La Quinta de Shostakóvich, estrenada en Leningrado el 21 de noviembre de 1937 bajo la dirección de Yevgueni Mravinski, es una obra atravesada por una tensión histórica que ha alimentado durante décadas distintas lecturas sobre su aparente triunfo final. Su estructura —Moderato, Allegretto, Largo y Allegro non troppo— lleva al oyente de la ironía al dolor y de ahí a un desenlace cuya celebración puede resultar tan contundente como ambigua.

Pero antes de que comenzara el concierto había ya otra escena. A un costado del salón aparecieron personajes vestidos con toga, birrete y guantes blancos. Por la estampa, podían recordar más a los Reyes Magos de una plaza comercial en temporada de diciembre-enero que a representantes de instituciones académicas. La imagen, sin embargo, tendría una explicación durante el intermedio.

Entonces llegó el “truco”. El concierto se convirtió en escenario para la entrega de un reconocimiento al director de la OFA, Bartholomeus Henry-Van de Velde, atribuido al Instituto de Certificación de Monterrey y a la Universidad de Artes y Oficios de México. El acto estuvo acompañado por representantes de esas instituciones y por la secretaria de Cultura de Guerrero, Aída Melina Martínez Rebolledo.

Entre aplausos y discursos sobre la cultura como identidad, esperanza y reconciliación, la ceremonia desplazó por varios minutos el centro de atención: de la música al protocolo. Se reconoció también a los músicos de la orquesta y se insistió en su papel como patrimonio cultural de Guerrero.

La escena produjo una sensación extraña. La OFA había conseguido, con una obra monumental de Shostakóvich, recordar por qué necesita un espacio diseñado para escucharla. Pero en lugar de aprovechar el concierto para insistir en la recuperación de un recinto propio, la noche terminó marcada por una ceremonia cuya pertinencia institucional deja preguntas abiertas.

La propia trayectoria reciente de la OFA muestra que el Salón Jaguar no es una solución nueva. La agrupación ya ha ofrecido ahí otros conciertos de temporada, incluso con repertorio sinfónico y solistas. En 2026, además, la discusión sobre sus condiciones de presentación y la falta de un recinto adecuado ha acompañado buena parte de su programación.

La pregunta resulta inevitable: ¿Por qué una orquesta con casi tres décadas de historia continúa dependiendo de espacios que no fueron concebidos para albergar una agrupación sinfónica?

Y hay otra. Durante la tarde del jueves circuló un anuncio que invitaba a una cena en honor de Van de Velde por su nombramiento como doctor honoris causa, con un costo de mil 100 pesos, además del concierto programado en el mismo lugar. El documento vinculaba el reconocimiento con las mismas instituciones que participaron en la ceremonia.

La existencia de la Universidad de Artes y Oficios de México no es, por sí misma, una invención: existen algunos antecedentes públicos de reconocimientos honoris causa otorgados por esa institución, incluso en Guerrero. Sin embargo, la información disponible públicamente sobre sus actividades y oferta académica amerita una revisión más rigurosa cuando se trata de títulos de ese nivel. Una investigación periodística publicada anteriormente también ha cuestionado la relevancia y visibilidad académica de la institución. Incluso en sus redes sociales es una constante la confusión sobre su ubicación y oferta académica.

En cuanto al llamado Instituto de Certificación de Monterrey, la búsqueda realizada para esta nota no permitió localizar información pública suficiente que permita establecer con claridad su naturaleza, reconocimiento académico o atribuciones. Por eso, más que dictar sentencia, queda planteada la pregunta que corresponde responder a quienes organizaron y avalaron el acto: ¿Qué representan exactamente estos reconocimientos y bajo qué criterios fueron otorgados?, se hizo un acercamiento a la Orquesta para saber como fue la vinculación, la respuesta hasta el momento es de silencio.

La OFA merece preguntas más importantes que un aplauso protocolario. Merece saber cuándo regresará a un espacio concebido para ella; qué condiciones tendrán sus músicos para trabajar; quién establece sus vínculos institucionales y cómo se utilizan los recursos alrededor de sus conciertos.

La música, esa noche, dio algunas respuestas. La Moldava encontró su cauce y Shostakóvich hizo temblar las paredes del Salón Jaguar. Lo demás quedó suspendido entre togas, birretes, reconocimientos y discursos para la fotografía.

Quizá el verdadero “trato o truco” no estaba en el escenario. Estaba en preguntarnos si una institución cultural puede conformarse indefinidamente con cualquier lugar para tocar, mientras las ceremonias accesorias terminan ocupando el espacio que debería tener una política cultural capaz de devolverle a la OFA una casa a la altura de su música.

Y tal vez habrá que esperar a los verdaderos Reyes Magos para saber cuándo llegará esa respuesta.

Foto: Miguel Benítez.