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Pespuntes: memoria, ficción y costura como arquitectura de la identidad

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Mariana Marsal construye su primera novela como un vestido: puntada a puntada, entre el archivo, el Alzheimer y la reinvención del recuerdo.

Con Pespuntes, la escritora Mariana Marsal da el salto del cuento y el ensayo —territorios donde se reconoce más cómoda— hacia la novela, un género que describe como una prueba de resistencia. “Si yo fuera corredora sería de 100 metros”, confiesa entre risas. Sin embargo, decidió asumir el desafío de la larga distancia narrativa y hoy celebra el resultado de un proyecto que la acompañó durante años.

Acostumbrada a géneros breves como la crónica y el ensayo, Mariana se impuso el reto de sostener una historia de largo aliento. El proceso no fue inmediato: aunque la escritura constante tomó alrededor de tres años, la gestación del libro comenzó mucho antes, atravesada por cambios personales, mudanzas y la maternidad. Hubo periodos en los que no podía escribir, pero los personajes crecían en su cabeza, acompañándola en la vida cotidiana.

La novela entrelaza memoria, archivo y ficción. Mariana comparte con su narradora, Etna, algunos datos biográficos —como haber estudiado en París—, pero subraya que no se trata de autoficción. “Etna tiene su propia vida”, afirma. De hecho, el personaje fue creciendo sobre la marcha: en los primeros borradores apenas aparecía, pero con el avance del proceso se convirtió en una figura central que aportaba nuevas capas de lectura.

En contraste, Eliane —la otra gran protagonista— fue construida primero en la imaginación. La autora la “llevaba a todas partes”, preguntándose qué desayunaría, cómo reaccionaría ante determinadas situaciones. Esa convivencia mental permitió que el personaje adquiriera densidad antes de llegar al papel.

Uno de los ejes estructurales de la novela surge de una cita de Marcel Proust, cuya obra —especialmente En busca del tiempo perdido— Mariana escuchó en audiolibros durante una etapa de insomnio. La palabra francesa bâtir (construir) la sedujo por su doble sentido: edificar y, en el ámbito de la costura, hilvanar piezas. Esa polisemia se convirtió en columna vertebral de la novela.

La relación entre costura y escritura no es solo metáfora. Eliane, antigua modista, encuentra en el bordado una forma de resistencia ante el deterioro de la memoria. Etna, por su parte, utiliza esa práctica como puente para ganar su confianza. Así, el bordado no solo teje prendas: teje vínculos.

Uno de los núcleos temáticos de Pespuntes es la fragilidad del recuerdo. Mariana explora cómo distintas versiones de un mismo hecho conviven en una familia y cómo el cerebro reconfigura el pasado para darle sentido. En el caso de Eliane, diagnosticada con Alzheimer, la memoria se vuelve un territorio inestable.

Etna inicia el proyecto con la intención de registrar fielmente la historia de la mujer mayor, pero pronto descubre que la escritura exige intervenir, completar, imaginar. Allí aparece una de las frases clave del libro: donde la memoria falla, la ficción continúa.

Fotografías, postales y bordados funcionan como detonadores narrativos y casi como personajes. Inspirada en la lógica estructural de Georges Perec, quien concebía cada elemento de sus novelas con una función precisa, Mariana otorga a los objetos un peso decisivo. No están ahí por azar: despiertan recuerdos, abren diálogos, revelan silencios.

En tiempos de consumo vertiginoso, la autora decidió que su novela no tendría el ritmo frenético de una serie de plataforma. Apostó por una cadencia más contemplativa, fragmentada pero exigente, que invite al lector a desacelerar. “No quería un libro adictivo en el sentido inmediato, sino uno que impusiera su propio compás”, explica.

El momento de “soltar” la novela llegó en etapas. Primero, al colocar el punto final de la primera versión; luego, tras múltiples revisiones y el trabajo editorial. Enviar el manuscrito significó aceptar que el libro comenzaba a tener una vida propia.

Si Pespuntes fuera una prenda, Mariana imagina que sería el vestido que Eliane confecciona para su madre: una pieza cargada de memoria y simbolismo. Como la novela misma, ese vestido está hecho de retazos del pasado, puntadas de invención y la certeza de que toda historia —como toda prenda— se construye uniendo fragmentos.

Foto: Especial.