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Nur Slim | “Componer es contar historias y construirlas en comunidad”

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La compositora mexicana reflexiona sobre su formación, la creación musical como servicio y proyectos pedagógicos como “Animalezas Sonoras”, que buscan acercar el arte a la infancia

La compositora mexicana Nur Slim ha construido una trayectoria que cruza la música clásica, el jazz y la creación contemporánea con un fuerte compromiso pedagógico y social. Autora de música orquestal, óperas infantiles y proyectos educativos, concibe la composición como una forma de narrar historias y de dialogar con las comunidades a las que se dirige.

En esta conversación con Página Zero, la creadora habla sobre su formación, su visión de la música como servicio y el impacto de iniciativas como Animalizas Sonoras.

—¿Qué aprendizajes de tu formación siguen presentes en tu práctica actual?

—Me dejó la técnica, el amor por la música clásica y por la música contemporánea. También la formación en jazz. Todo eso me dio herramientas muy amplias y, cuando uno regresa con todos esos recursos, puede construir su propia voz a partir de esa mezcla.

Yo escribo música orquestal, he compuesto óperas para niños y distintos tipos de obras, pero lo que más disfruto es la libertad de mezclar todo lo que me gusta: un ensamble tradicional con música de cámara, o trabajar con un jazzista. Saber que esa posibilidad existe y que puedo moverme entre distintos lenguajes es algo que le debo mucho a mi formación clásica.

—Desde esa formación diversa, ¿Cómo concibes el acto de componer?

—Para mí siempre es contar una historia. Yo empecé como músico popular escribiendo canciones, así que me gusta escribir letras y me gusta mucho la poesía. A partir de ahí pienso cómo “vestir” cada obra, qué necesita esa historia para ser contada.

No empiezo pensando en el género o en la orquestación, sino en qué elementos necesita la historia. Cuando empezaba mi carrera me preguntaban qué era yo y decía medio en broma que era una “cantacuentos”. Después vino el nombre de compositora, las becas, el sistema nacional… pero al final sigo sintiendo que eso es lo que hago: contar cuentos con música.

—Tu obra se ha presentado en distintos contextos internacionales. ¿Qué cambia cuando tu música dialoga con otros públicos?

—Lo interesante es entender que la música se trabaja desde una comunidad o para servir a una comunidad. A mí me gusta pensar que la música es un servicio.

Si voy a trabajar a una universidad en Estados Unidos con niños migrantes, quiero saber qué tipo de música puede dialogar con ellos, qué letras o temas son pertinentes. Si voy a una comunidad indígena, trato de entender qué lengua se habla, qué instrumentos se usan.

No creo en la idea del compositor aislado detrás de un escritorio. La obra tiene autoría, claro, pero se construye con el ensamble, con el público, con la comunidad. Para mí la última palabra de una obra siempre la tiene esa interacción colectiva.

—Uno de tus proyectos más conocidos es Animalezas Sonoras, orientado a la infancia. ¿Cómo surgió esa iniciativa?

—Nació cuando me convertí en mamá. Mi hijo tiene diez años y cuando empecé a llevarlo a conciertos me di cuenta de la poca tolerancia que muchas veces hay hacia las infancias en los espacios culturales.

Pensé que quería crear proyectos donde mi hijo pudiera gritar, jugar, crear, y no tener que estar sentado en silencio todo el tiempo. Así nació Animalizas Sonoras.

Después comencé a investigar qué actividades artísticas ayudan al desarrollo cognitivo y emocional de los niños. Ese proceso se volvió un proyecto de investigación sobre cómo las artes fortalecen las funciones ejecutivas en la primera infancia.

Hoy el proyecto cumple diez años, es una asociación civil y lo utilizo en talleres para pedagogos, padres, compositores y educadores. Con él he viajado a universidades de distintos países y también forma parte de mi investigación doctoral.

—En tu trabajo también hay un fuerte vínculo entre composición y educación artística.

—Sí, tengo un compromiso muy grande con la pedagogía. Imparto muchos diplomados y talleres relacionados con el modelo de la Nueva Escuela Mexicana, donde buscamos integrar las artes en distintas materias.

Por ejemplo, cómo dar una clase de educación física a través de dinámicas artísticas o cómo usar juegos musicales para enseñar lectura y escritura. La idea es enseñar a los docentes a pensar como artistas: con imaginación, con juego, con creatividad.

Eso lo empecé a desarrollar mucho durante la pandemia, cuando tenía a mi hijo en casa con sus amigos y buscaba formas de que se enamoraran del estudio. Para mí la educación artística puede transformar la relación que las nuevas generaciones tienen con la cultura.

—Desde tu experiencia recorriendo el país, ¿Qué desafíos enfrenta hoy la música contemporánea en México, especialmente para el público infantil?

—Más que la música contemporánea en sí, el problema a veces está en los rituales que rodean a la música académica: el silencio absoluto, la distancia con el público, esa idea de que no puedes reaccionar o emocionarte.

Creo que necesitamos mayor flexibilidad y también llevar la música a más espacios. No todo puede ocurrir en los grandes teatros. Mucha gente nunca ha tenido acceso a esos lugares.

Hay que pensar cómo acercar las orquestas, los ensambles de cámara, el jazz o la música tradicional a otras comunidades. Poco a poco se están haciendo esfuerzos en ese sentido y me parece un camino importante para que la cultura sea menos excluyente.

—En este momento de tu trayectoria, ¿Qué preguntas musicales te acompañan?

—Acabo de cumplir 40 años y me estoy preguntando dónde puedo ser realmente útil. No me interesa tanto la idea de la fama o del artista estrella.

Me pregunto qué proyectos no existirían si yo no los impulsara. Por ejemplo, recientemente iniciamos un proyecto llamado Compositoras indígenas mexicanas. La idea es acercar a creadoras de distintas comunidades a las becas y apoyos que existen, porque muchas veces ni siquiera saben que esos programas están ahí.

He estado visitando comunidades, ayudándolas a llenar solicitudes, acompañándolas en el proceso. Me gusta pensar que estamos creando una nueva comunidad de compositoras.

—Realizarás una gira en Estados Unidos. ¿Qué actividades incluirá?

—Voy a la Universidad de Arizona para participar en la presentación de un disco del dúo de guitarras Puertas-Vásquez, que incluye dos obras mías. Además daré clases de composición para guitarra y trabajaré en su estudio de grabación.

Después regreso a México para participar en un Festival en Zihuatanejo con talleres para niños y también continuar con actividades en refugios para niños migrantes, donde realizo talleres artísticos.

Intento no ausentarme demasiado tiempo porque tengo un hijo pequeño, pero mi vida es así: movimiento constante, viajes, talleres, conciertos. Al final, la música también es eso: encuentro y desplazamiento permanente.

Foto: Especial.