Muere Pedro Friedeberg, el arquitecto de lo imposible en el arte mexicano
El creador de la icónica Mano-Silla y figura clave de la Ruptura deja un legado de imaginación, ironía y geometría fantástica en el arte contemporáneo.
El artista Pedro Friedeberg (Florencia, Italia, 11 de enero de 1936), uno de los creadores más singulares del arte mexicano contemporáneo, falleció dejando tras de sí una obra que desafió convenciones estéticas y conceptuales durante más de seis décadas. Su universo visual —poblado de arquitecturas imposibles, símbolos esotéricos y humor crítico— convirtió su nombre en una referencia indispensable dentro de la llamada generación de la Ruptura.
La carrera de Friedeberg comenzó en 1959 con su primera exposición individual en la Galería Diana de la Ciudad de México, impulsado por el apoyo de artistas como Remedios Varo y Mathias Goeritz. Su trabajo obtuvo una inmediata recepción favorable y, apenas un año después, fue incluido en la Exposición Retrospectiva de la Pintura Mexicana organizada por el Museo de la Ciudad Universitaria.
En 1961 fundó el grupo de Los Hartos, encabezado por Goeritz, junto a figuras como José Luis Cuevas, Chucho Reyes, Ida Rodríguez Prampolini y Alice Rahon. Este colectivo surgió como una reacción crítica frente a las pretensiones grandilocuentes del arte moderno, el individualismo exacerbado y la solemnidad de la figura del artista.
Su obra comenzó a internacionalizarse a principios de los años sesenta con exposiciones en Nueva York, París, Washington, Lisboa y Múnich. Fue precisamente en este periodo cuando presentó por primera vez una de sus piezas más emblemáticas: la Mano-Silla, un objeto escultórico que con el tiempo se convertiría en un ícono del diseño y del arte surrealista mexicano.
A lo largo de la década participó representando a México en importantes encuentros internacionales como la Bienal de París, la Bienal Americana de Arte de Córdoba, la Bienal de São Paulo y la Bienal del Uruguay, consolidando su presencia en el circuito artístico global. En 1968 su obra también formó parte del programa cultural paralelo a los Juegos Olímpicos de la Ciudad de México, mientras realizaba proyectos como un mural para el Hotel Camino Real y vitrales para la Feria Mundial Hemisfair ’68 en San Antonio.
Friedeberg se integró también al movimiento de la Ruptura, que cuestionó el dominio del muralismo en el arte mexicano. Su trabajo apareció en exposiciones clave como Confrontación ’66 y en diversos salones de la plástica mexicana.
Durante los años setenta desarrolló una intensa actividad como grabador, participando en exposiciones internacionales de artes gráficas y obteniendo premios como el Primer Premio en la Trienal Latinoamericana de Grabado en Buenos Aires en 1979. Ese mismo año fundó, junto con Xavier Girón, la controvertida galería La Chinche en la Zona Rosa de la Ciudad de México.
En las décadas siguientes su obra continuó expandiéndose en museos y galerías de América, Europa y Asia. Participó en exposiciones colectivas e individuales en instituciones como el Museo de Arte Moderno y el Palacio de Bellas Artes, además de presentarse en Canadá, Estados Unidos, Francia y Alemania.
En 2009 el Palacio de Bellas Artes le dedicó una importante retrospectiva, confirmando su lugar como una de las figuras más originales del arte mexicano. Su obra también fue incluida en muestras históricas como La Era de la Discrepancia y Generación de la Ruptura y sus antecedentes.
Entre los reconocimientos que recibió destacan la Beca del Sistema Nacional de Creadores en 1993 y la Medalla de Bellas Artes en 2012.
En años recientes Friedeberg volvió a despertar interés internacional con exposiciones, publicaciones y proyectos editoriales, entre ellos su libro ilustrado de Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam. Hasta sus últimos años continuó trabajando en su estudio de la colonia Roma en la Ciudad de México, fiel a una estética que combinaba geometría, misticismo, ironía y fantasía.
Con su muerte, el arte mexicano pierde a un creador irrepetible que transformó el imaginario visual del país, demostrando que la imaginación —cuando se toma en serio— puede ser una forma radical de libertad.
Foto: Tomada de www.pedrofriedeberg.com