Karen Daneida: “Este es mi cuerpo, es mi territorio”
La artista oaxaqueña regresa al Festival Internacional Cervantino con Sea of Silence, una pieza que explora identidad, raíces, ancestralidad y las experiencias de mujeres de diferentes culturas
Karen Daneida regresa por tercera ocasión al Festival Internacional Cervantino, pero esta vez lo hace desde un lugar distinto. Después de haber participado en 2010, recién egresada de la escuela de teatro, como parte del elenco de la compañía británica Periplum, y de presentar hace dos años su proyecto personal Xhunca, la actriz y creadora oaxaqueña vuelve ahora como integrante de un elenco internacional en Sea of Silence, propuesta de la directora uruguaya Tamara Cubas.
Para Daneida, el regreso tiene un significado especial no sólo por la dimensión del festival, sino porque los tres proyectos que la han llevado hasta Guanajuato han dialogado con temas que atraviesan su propia trayectoria: la identidad, las raíces, la cultura originaria y la memoria.
“Siempre es una oportunidad de mostrar y de compartir también lo que yo hago a través de ciertas temáticas de interés en estos tres proyectos”, señala.
En Sea of Silence, siete mujeres provenientes de distintas partes del mundo construyen una pieza coral a partir de sus voces, danzas, rituales y experiencias. Daneida participa junto a creadoras de Indonesia, Egipto, Nigeria, Brasil, Chile y Uruguay, en un proceso que puso en diálogo diversas culturas, formaciones artísticas y memorias.
La participación en el proyecto comenzó, además, con un desafío que trascendió lo estrictamente escénico. Cuando recibió la invitación de Alicia Laguna, colaboradora del proyecto y parte de Teatro Línea de Sombra, una de las compañías coproductoras, todavía no existía un fondo para realizar el proceso creativo en Uruguay. La posibilidad de permanecer un mes en ese país implicaba gestionar los recursos para hacer posible su residencia.
Daneida decidió involucrarse también en esa gestión desde Salina Artes, proyecto que fundó en Salina Cruz, con la colaboración de la Coordinación Nacional de Teatro, que apoyó su participación.
“Fue como un reto empezar también a sacar y a tirar como material personal”, recuerda.
Después vendría el reto propiamente creativo: trabajar en Uruguay junto a sus compañeras bajo una metodología distinta a la que conocía. El proceso fue autogestivo y autónomo, una forma de trabajo que, aunque inicialmente representó un desafío, terminó por convertirse en una experiencia que la intérprete disfrutó profundamente.
El cuerpo como territorio
El encuentro con Tamara Cubas modificó también la manera en que Daneida observa el cuerpo en escena. Su formación como actriz la había llevado a construir personajes a partir de las emociones, el pensamiento y una determinada manera de habitar el escenario. Con Cubas, encontró otra perspectiva: partir de sí misma, de su propio cuerpo y de aquello que éste ya contiene.
La directora uruguaya proviene de la danza y las artes visuales, disciplinas que llevaron a Daneida a observar de otra manera los cuerpos de quienes participan en una pieza escénica.
“Tamara me hizo observar otros cuerpos, o sea, otros cuerpos en escena”, explica.
Uno de los momentos decisivos ocurrió durante la residencia en Campo Abierto, en Uruguay. Daneida había colocado en la pared de su habitación distintos textos personales y comenzó a explicarle a Cubas el origen de cada uno. Mientras hablaba, la directora comenzó a llorar.
“Me dice: ‘Karen, no es necesario que me lo cuentes, que me lo expliques; es que yo lo veo en tu cuerpo’”.
La frase se convirtió para la actriz en una revelación: comprendió que el cuerpo ya contenía historias, experiencias y memorias que no necesariamente necesitaban ser explicadas verbalmente.
Desde entonces comenzó un proceso de “rehabitar” su propio cuerpo y reconocerlo como territorio. “Este es mi cuerpo, es mi territorio, ha sido mi primer territorio desde siempre”, afirma.
Esta concepción dialoga con Xhunca, aunque desde procedimientos diferentes. Mientras en aquella obra Daneida también parte de sí misma para reinterpretar a mujeres de su familia y construir una determinada manera de estar en escena, Sea of Silence la llevó hacia una presencia más directa, donde el cuerpo se convierte por sí mismo en portador de una historia.
Una memoria compartida
El trabajo con las otras seis intérpretes abrió otra dimensión del proceso: la posibilidad de encontrar puntos de encuentro entre mujeres provenientes de contextos culturales distintos.
Para Daneida, una de las mayores riquezas de la experiencia fue precisamente esa diversidad. Cada una llegó con una formación, una cultura y una manera distinta de entender la creación, pero el proceso permitió encontrar un terreno común.
“Encontramos algo en común que muchas de nosotras, o todas, compartíamos como dolores”, explica.
En ese territorio aparecieron las memorias de sus ancestras y ancestros, atravesadas por experiencias de discriminación, despojo, desplazamiento y borramiento de identidades. Esas memorias fueron incorporadas a la pieza con fuerza y valentía, junto con las experiencias personales de las intérpretes.
Así, Sea of Silence se construyó como una pieza coral en la que las memorias ancestrales dialogan con las vivencias individuales y con las distintas culturas de las siete mujeres.
Para Daneida, el diálogo no termina en el escenario. La obra abre también una conversación con el público a partir de esas identidades y memorias diversas.
Abrazar el dolor
Si Xunca es una pieza atravesada por el color y por una recuperación que Daneida relaciona con el amor, Sea of Silence se sitúa en un territorio más crudo. La sanación permanece, pero aparece atravesada principalmente por el dolor.
Ese tránsito fue uno de los mayores retos personales de la actriz.
Durante el proceso creativo llegó incluso a enfermar y perdió la voz, una situación particularmente significativa para una intérprete que, además de actuar, canta. La pérdida de esa herramienta fundamental coincidió con un momento en el que estaba atravesando personalmente algunos de los materiales que colocaba en escena.
“Posiblemente, abrazar el dolor”, responde cuando identifica lo más desafiante de la experiencia.
La creación se convirtió entonces en una forma de atravesar y sublimar aquello que dolía, pero también en un recordatorio de que detrás de la artista existe una persona que vive, siente y procesa aquello que lleva al escenario.
Un nuevo horizonte
La experiencia con Sea of Silence también abrió para Daneida nuevas preguntas sobre el alcance de su propio trabajo. El proyecto le permitió viajar, compartir su práctica con artistas de otros países y mostrar fuera de México las preocupaciones que ha desarrollado desde su propia trayectoria.
Esa experiencia le hizo pensar en posibilidades que antes había imaginado, pero que no había contemplado conscientemente: llevar sus proyectos a otros territorios y establecer diálogos internacionales a partir de temas profundamente vinculados con su identidad.
“Me he dado cuenta que resuenan en otras partes del mundo porque son muy universales”, sostiene.
La memoria, la identidad, la ancestralidad y la cultura permanecen como ejes de su búsqueda, aunque ahora se suma otra pregunta: cómo contar esas historias. El contacto con otras formas de creación amplió su panorama, pero también confirmó su deseo de mantener una voz propia.
“Mi trabajo tiene sentido y propósito, que mi don ya está encaminado al servicio”, dice.
Daneida reconoce en su manera de mirar el mundo una relación con el color y la diversidad, una sensibilidad que vincula con México y Latinoamérica. Desde ahí continúa construyendo su lugar en el mundo artístico.
Volver al Cervantino desde otro lugar
El regreso al Cervantino ocurre después de una etapa particularmente intensa para la creadora. Acaba de cerrar la temporada de Xhunca y llega al festival con la sensación de encontrarse en uno de los momentos de mayor madurez personal y artística de su trayectoria.
Cuando piensa en la Karen que comenzó su camino profesional, recuerda las frustraciones, las dudas y el trabajo que implicó llegar hasta este punto. El Cervantino representa ahora uno de esos escenarios que alguna vez soñó ocupar.
“Me lo he construido. Nadie me lo ha regalado, me lo he trabajado”, afirma.
También hay algo nuevo: la posibilidad de que el público empiece a reconocer su trabajo y a establecer una relación con aquello que propone como artista. Después de sus anteriores participaciones en el festival, ya encontró espectadores que recuerdan haberla visto en otros proyectos.
Para Daneida, esa identificación significa que su presencia escénica comienza a trascender la función misma: que alguien pueda reconocerla, saber de qué habla su trabajo y encontrar en él algo con lo que se identifica.
Por eso, volver al Cervantino con Sea of Silence no representa únicamente una tercera participación. Es también una especie de punto de llegada dentro de un recorrido que comenzó cuando era una joven recién egresada y que hoy la encuentra compartiendo escenario con mujeres de distintas partes del mundo.
“Estoy en uno de mis mejores momentos”, afirma. Y enseguida deja abierta la posibilidad de que todavía vengan otros.
Porque para Karen Daneida, el escenario parece ser también eso: un territorio en permanente construcción, donde el cuerpo guarda la memoria, la identidad encuentra una voz y las historias personales pueden convertirse en preguntas compartidas.
Foto: Tomada de Instagram | XhuncaMx