Juan Miguel Zunzunegui cuestiona la historia oficial en Otra historia de México
El escritor plantea que las narrativas históricas han sido utilizadas como herramientas políticas y propone revisar el relato de conquista, independencia y revolución para transformar la manera en que los mexicanos se piensan a sí mismos.
En Otra historia de México, Juan Miguel Zunzunegui bajo el sello de Grijalbo, vuelve sobre algunos de los episodios fundamentales del pasado mexicano para cuestionar la manera en que han sido narrados durante generaciones. El escritor sostiene que la historia no es solamente una sucesión de acontecimientos, sino una construcción narrativa capaz de influir en la identidad, la psicología y hasta en la forma en que una sociedad imagina su futuro.
El libro parte de una premisa deliberadamente provocadora: gran parte de la historia de México, tal como ha sido transmitida, responde a una narrativa construida desde el poder. Para Zunzunegui, las versiones históricas pueden convertirse en herramientas políticas cuando simplifican el pasado hasta transformarlo en una lucha permanente entre héroes y villanos.
“Si la historia la escriben los vencedores” y las narrativas históricas permiten ejercer control sobre los pueblos, sostiene el autor, resulta necesario dudar de las versiones recibidas y preguntarse a quién favorece determinado relato.
Desde esa perspectiva, uno de los ejes centrales del libro es la idea de que México se ha contado a sí mismo a partir de una derrota original. La conquista, el despojo, las traiciones y las sucesivas derrotas forman parte de una narrativa que, en su interpretación, ha contribuido a construir una imagen negativa de los propios mexicanos.
Zunzunegui considera que esa visión se reproduce también mediante la simplificación de los personajes históricos. Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Villa o Cárdenas aparecen con frecuencia dentro de una línea aparentemente continua de héroes nacionales, aunque sus proyectos políticos, ideas y circunstancias fueran profundamente diferentes.
“Si los sentaras en la misma mesa a debatir problemas del México de hoy, se agarrarían a balazos”, plantea el escritor para ilustrar las contradicciones de esa construcción histórica.
En ese mismo sentido, cuestiona la idealización de figuras como Miguel Hidalgo y Francisco I. Madero y contrapone esa lectura con la condena de personajes como Agustín de Iturbide, a quien atribuye un papel decisivo en el fin de la guerra civil independentista y en la consumación de la independencia mediante acuerdos entre insurgentes y realistas.
El autor también dedica especial atención a la civilización mexica y a Huitzilopochtli. Para Zunzunegui, comprender las prácticas religiosas y políticas de los mexicas es indispensable para aproximarse al pasado mesoamericano sin convertirlo en una imagen idealizada.
Su planteamiento parte de reconocer, al mismo tiempo, la riqueza de las dos grandes raíces culturales que confluyen en México: la mesoamericana y la hispánica. La primera remite, en su lectura, a una historia que va de los pueblos posteriores a Teotihuacán hasta los olmecas; la segunda conecta con Roma, Grecia, Jerusalén, el cristianismo, el derecho romano, la filosofía griega y la tradición universitaria española.
Por ello, cuestiona que la historia nacional pueda reducirse a la fórmula de que “éramos aztecas y nos conquistaron”. Recuerda que numerosos pueblos mesoamericanos se aliaron con Hernán Cortés contra los mexicas y propone entender 1521 no solamente como una conquista, sino como un momento de encuentro y reconfiguración que dio origen al México mestizo.
Para el escritor, el México que conocemos actualmente —mestizo, hispanohablante, cristiano y barroco— comienza a formarse a partir de ese encuentro. Si se habla estrictamente del Estado mexicano, explica, éste surge en 1821, pero la construcción cultural de lo que hoy es México se desarrolla durante los tres siglos del virreinato.
Esa etapa, afirma, permanece insuficientemente estudiada y resulta indispensable para comprender la identidad mexicana. Zunzunegui considera que el virreinato constituye una parte fundamental de la formación cultural del país, aunque haya quedado relegado dentro de la enseñanza histórica.
La revisión que propone también alcanza la independencia. En lugar de considerar automáticamente la lucha independentista como un proceso de liberación frente a un poder extranjero, plantea revisar las consecuencias políticas, económicas y sociales que tuvo la ruptura del orden virreinal y analizar el largo periodo de conflictos que siguió durante el siglo XIX.
Para el autor, el problema no consiste en dejar de celebrar las fechas patrias. “Hay que celebrar”, afirma, pero también reflexionar sobre aquello que se está conmemorando. En su lectura, México ha convertido en celebración lo que debería ser también un ejercicio de revisión crítica de sus resultados históricos.
Una de las propuestas centrales de Otra historia de México consiste, precisamente, en cambiar la narrativa para modificar la relación con el pasado. Si una sociedad se cuenta permanentemente como derrotada, sostiene Zunzunegui, esa percepción puede influir en su comportamiento presente; por el contrario, una narrativa basada en el encuentro, la construcción y el triunfo podría contribuir a imaginar otro futuro.
El escritor traslada esa reflexión al presente y señala que las narrativas de buenos contra malos también pueden aparecer en la política contemporánea. Desde su perspectiva, cuando una sociedad se divide entre quienes representan el “bien” y quienes encarnan el “mal”, el debate democrático corre el riesgo de transformarse en una confrontación moral donde sólo existe una posición considerada legítima.
Más que pedir al lector que adopte su interpretación, Zunzunegui plantea otra tarea: dudar. El objetivo, explica, no es sustituir una verdad oficial por otra, sino provocar preguntas y despertar el interés por investigar.
“Que duden, no hay nada como dudar”, resume.
Su método de divulgación parte de una convicción: la memoria por sí sola no es suficiente para comprender la historia. Lo importante, explica, es relacionar acontecimientos, causas y consecuencias. Frente a una enseñanza histórica presentada como una sucesión lineal de hechos, propone observarla como una red de interrelaciones.
Esa capacidad para conectar acontecimientos es, según el autor, uno de los elementos fundamentales de su estilo. Su intención es hacer accesible una investigación compleja sin renunciar a la profundidad de los procesos históricos.
En Otra historia de México, publicada en agosto de 2026, Zunzunegui lleva esa apuesta hasta sus últimas consecuencias: cuestionar el relato que los mexicanos han construido sobre sí mismos para abrir la posibilidad de una relación diferente con su pasado.
Y si tuviera que escoger a un personaje histórico para conversar, no duda: Hernán Cortés. Lo considera un personaje extraordinario y un arquetipo del luchador que alcanza aquello que se propone. Para Zunzunegui, la paradoja es que México posee en Cortés una figura fundamental para comprender su propia formación, pero ha elegido durante siglos relacionarse con ella desde el desprecio.
La invitación final del libro no consiste entonces en reemplazar un héroe por otro, sino en volver a mirar. Preguntar, contrastar, relacionar y, sobre todo, dudar de las historias que parecen demasiado definitivas.
Foto: Miguel Benítez.