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Flor Canosa convierte la dictadura argentina en una pesadilla arquitectónica en La tercera aberración

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La escritora argentina recurre al terror y lo fantástico para explorar las huellas de la violencia política, las desapariciones forzadas y las crisis que transforman la vida cotidiana, en una novela publicada por el Fondo de Cultura Económica.

La memoria de la dictadura argentina, las heridas que permanecen abiertas y la fragilidad de los espacios que deberían ofrecer seguridad atraviesan La tercera aberración, novela de la escritora Flor Canosa, quien propone una aproximación alegórica a la violencia política mediante los recursos del terror y la literatura fantástica.

Después de la presentación de autores internacionales del Fondo de Cultura Económica, en la que participó junto con Elia Barceló y José Manuel Fajardo, Canosa charló con Baltazar Domínguez y Miguel Benítez sobre la relación entre su obra y la historia reciente de Argentina, así como de la importancia de mantener vigente la discusión sobre las desapariciones forzadas y la recuperación de la identidad de quienes fueron víctimas de la dictadura.

La autora advirtió que América Latina continúa atravesada por las desapariciones y la búsqueda de verdad y justicia. En el caso argentino, recordó que todavía se recuperan nietos e hijos de personas desaparecidas durante la dictadura, mientras las organizaciones de derechos humanos mantienen sus esfuerzos por reconstruir las historias que el terrorismo de Estado intentó borrar.

Canosa señaló que, durante años, los derechos humanos ocuparon un lugar central en las políticas públicas argentinas; sin embargo, consideró preocupante que actualmente se busque invisibilizar esas luchas y cuestionar nuevamente las cifras históricas de desaparecidos.

En ese contexto, defendió la relevancia de la cifra simbólica de 30 mil desaparecidos y cuestionó el resurgimiento de la llamada teoría de los dos demonios, que plantea una responsabilidad equivalente entre los bandos enfrentados durante la dictadura.

Para la escritora, no es posible equiparar las acciones de una organización con las de un Estado que dispone de todo un aparato institucional y represivo. La desigualdad de poder, sostuvo, impide presentar aquella violencia como una guerra entre fuerzas equivalentes.

La necesidad de abordar este pasado también involucra a las nuevas generaciones. Nacida en 1978, Canosa no vivió directamente la dictadura, pero creció con relatos familiares que le permitieron dimensionar el miedo de aquellos años. Entre ellos, recordó que su hermano, entonces de 11 o 12 años, acudía a una escuela cuya directora recomendó a su madre cambiarlo de institución porque algunas de sus expresiones podían ponerlo en peligro.

Esa experiencia indirecta forma parte del horizonte desde el que la autora construye una novela que evita la representación explícita de la dictadura y elige, en cambio, mostrar sus efectos a través de una historia fantástica.

Un hotel donde la violencia deja rastros

En La tercera aberración, un hotel situado junto a un centro clandestino de detención se convierte en uno de los protagonistas de la historia. El edificio experimenta transformaciones periódicas que alteran su estructura y desafían cualquier lógica arquitectónica, mientras los rastros de violencia y muerte del lugar contiguo parecen filtrarse en sus espacios.

A través de esta construcción, Canosa busca representar a una parte de la sociedad que desconocía lo que ocurría durante la dictadura, que conocía solamente una fracción de los hechos o que prefería no saberlo.

El título parte de una idea arquitectónica: una aberración ocurre cuando un espacio deja de responder a una lógica matemática y sus medidas o estructuras pierden coherencia. En la novela, la familia propietaria considera aberraciones las mutaciones que sufre el inmueble cada 15 años.

Desde que compraron la casa y la convirtieron en hotel han transcurrido 45 años y ocurrido dos transformaciones. La narración comienza cuando esperan la tercera, poco antes de la llegada de un nuevo huésped que desencadenará los acontecimientos centrales.

Sin embargo, la palabra aberración no se limita a una anomalía arquitectónica. También remite a lo monstruoso, lo deforme y aquello que rompe con las nociones establecidas de normalidad. Para Canosa, uno de los aspectos más perturbadores consiste en que el hogar, entendido como un lugar seguro y reconocible, pierda esa condición.

La escritora relaciona esta idea con lo familiar que se vuelve extraño: aquello que debería brindar protección comienza a generar inquietud. Los espacios liminales, presentes en distintas expresiones contemporáneas del terror y en las narrativas surgidas de internet, le ofrecieron herramientas para construir esa sensación de desorientación.

A esa dimensión se suma una lectura sobre las crisis recurrentes de Argentina. Las transformaciones del hotel también funcionan como metáfora de los cimbronazos económicos y sociales que, cada cierto tiempo, alteran los cimientos de la vida cotidiana y obligan a las personas a adaptarse a una realidad distinta.

El terror como herramienta para abordar el trauma

Para Canosa, los géneros fantástico, de terror y de ciencia ficción ofrecen posibilidades narrativas para tratar asuntos históricos y políticos sin recurrir necesariamente a la representación realista o testimonial.

La autora considera que estas formas literarias permiten transmitir ideas complejas mediante recursos alegóricos, al tiempo que abren la puerta a lectores que quizá no se acercarían directamente a una novela sobre la dictadura.

En lugar de disminuir la gravedad de los acontecimientos, el desplazamiento hacia lo fantástico permite observarlos desde otros ángulos y encontrar nuevas formas de lectura. La intención es acercar esas experiencias a públicos distintos, sin perder de vista su dimensión traumática y política.

Esta elección también dialoga con una tradición rioplatense que Canosa reconoce como fundamental en su formación. Entre sus referentes se encuentran Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, además de una genealogía literaria en la que confluyen el romanticismo, el gótico, el terror y la ciencia ficción.

La autora destacó que esos géneros forman parte de una tradición que acompaña a la literatura argentina desde sus orígenes y que continúa permeando la escritura contemporánea.

La circulación de los libros más allá de las fronteras

Durante la conversación, Canosa también cuestionó la compartimentación de la literatura latinoamericana y las dificultades para que los libros circulen entre países cercanos.

A su juicio, resulta paradójico que los grandes grupos editoriales, que cuentan con infraestructura y redes de distribución internacional, no siempre favorezcan el intercambio directo entre las distintas tradiciones literarias de la región. En ocasiones, explicó, un autor latinoamericano necesita ser publicado por una editorial de alcance internacional para llegar a lectores de un país vecino.

En ese panorama, destacó el papel del Fondo de Cultura Económica, cuya apuesta por la distribución regional y los precios más accesibles representa una alternativa frente a un mercado en el que los libros se han convertido progresivamente en bienes difíciles de adquirir.

La escritora describió una situación compleja para la industria cultural argentina, marcada por el cierre de editoriales y el incremento de los precios, incluso en un contexto en el que el discurso económico oficial pone en duda la persistencia de la inflación.

Para Canosa, ampliar la circulación de su obra constituye una oportunidad importante, particularmente porque su trayectoria había estado vinculada con editoriales independientes y más pequeñas. La llegada de La tercera aberración a otros mercados latinoamericanos le permite acercarse a lectores que, de otra manera, podrían permanecer fuera de su alcance.

Entre la historia política, el extrañamiento arquitectónico y las crisis que sacuden a la sociedad, La tercera aberración propone explorar cómo la violencia y la inestabilidad modifican los lugares que habitamos. En la novela de Flor Canosa, aquello que debería permanecer firme —la casa, la memoria y las certezas compartidas— puede transformarse hasta volverse irreconocible.

Foto: Miguel Benítez.