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Fabián Rangel: improvisar es escuchar al otro y componer en tiempo real

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Participó junto a Didier Petit y Guillaume Roy en “Al este del sol”, un encuentro de improvisación que convirtió el diálogo entre violín, viola y chelo en una experiencia de escucha, memoria y creación espontánea.

El violín, la viola y el chelo se encontraron en un diálogo construido en tiempo real durante el concierto de improvisación “Al este del sol”, que reunió al violinista mexicano Fabián Rangel con los franceses Didier Petit, en el chelo, y Guillaume Roy, en la viola, el pasado 26 de septiembre de 2026 en Demina Laboratorio de Artes, en Acapulco.

Para Rangel, la presentación fue resultado de una relación artística que comenzó en 2023, cuando conoció a Didier Petit durante un laboratorio-residencia organizado por Joaquín López Chás, compositor de música para la escena, y la bailarina Jael Bienabel, en el Rancho 433. A partir de aquel encuentro, el músico francés regresó posteriormente a México y ambos comenzaron a tocar juntos, explorar espacios y pensar en la posibilidad de construir un proyecto binacional entre intérpretes mexicanos y franceses.

La visita de Petit a Acapulco y la llegada de Guillaume Roy, con quien mantiene desde hace años el proyecto Al este del sol, abrieron una nueva posibilidad: experimentar con un trío de cuerdas. Rangel explica que la decisión de trabajar con violín, viola y chelo, en lugar de recurrir al tradicional cuarteto de cuerdas, ofrecía una sonoridad distinta y, sobre todo, una mayor libertad para establecer un diálogo inmediato.

“El trío es la primera instancia hacia la sociedad después de la individualidad”, plantea Rangel al reflexionar sobre las posibilidades de esta formación. Para el violinista, la presencia de una tercera persona transforma las formas de organización y también las posibilidades musicales, pues amplía las opciones armónicas y de orquestación, pero al mismo tiempo aumenta la responsabilidad individual.

En esta formación, Rangel ocupa además el registro agudo y se convierte en el único violín. Esa circunstancia modifica su manera de escuchar y responder a los otros instrumentos. La viola y el chelo establecen las frecuencias medias y graves, mientras el violín debe asumir una presencia particular dentro de un diálogo que no está predeterminado.

Improvisar desde el cuerpo

Para Rangel, la improvisación musical no comienza únicamente en el sonido, sino en el cuerpo. Observar al otro intérprete, leer sus movimientos, anticipar una acción, seguirla o responder a ella forman parte de las herramientas que permiten construir una pieza que no existe previamente.

“Para mí la improvisación musical no parte del sonido mismo sino del cuerpo”, explica el violinista, quien considera que los músicos deben aprender a observarse para establecer una comunicación que ocurre simultáneamente a través del movimiento y del sonido.

En ese proceso, el arco se convierte en una herramienta fundamental. Rangel lo define como una especie de “segunda batuta”, capaz de ofrecer señales y establecer una comunicación visual dentro del conjunto. La respiración y la participación física de los intérpretes también resultan esenciales.

Aunque cada presentación es irrepetible, existe una preparación previa. En el caso de “Al este del sol”, esta incluyó conversaciones, convivencia entre los músicos, pruebas acústicas y el intercambio de ideas. La intención, sin embargo, fue conservar un margen suficiente para que incluso los propios intérpretes pudieran sorprenderse durante el concierto.

La improvisación, señala Rangel, también puede tener estructuras previas. Una partitura gráfica o un diagrama puede determinar dónde comienza y termina una pieza, sin establecer exactamente qué sonidos deben producirse en medio. De esta manera, el conocimiento musical y la experiencia permiten tomar decisiones instantáneas sin eliminar la incertidumbre que constituye parte esencial del lenguaje improvisado.

El violín como instrumento abierto

Uno de los territorios que más interesa a Rangel es la capacidad expresiva del violín cuando deja de estar sujeto a una partitura convencional. Desde su perspectiva, la tradición de la escritura musical occidental establece determinadas formas de indicar qué tocar y cómo repetirlo, mientras que numerosas tradiciones musicales se han transmitido históricamente mediante la oralidad, la memoria y la improvisación.

En ese contexto, el violinista destaca una característica técnica de los instrumentos de cuerda frotada: su posibilidad de trabajar con diferentes afinaciones y con sonidos que no están necesariamente sujetos al temperamento convencional.

Para Rangel, esta cualidad permite explorar la microtonalidad y las afinaciones variantes, ampliando las posibilidades del instrumento. El violín puede así convertirse en una herramienta particularmente versátil para la improvisación, siempre que quien lo ejecuta tenga el conocimiento musical y cultural necesario para aprovechar esas posibilidades.

Improvisación y espacios para escuchar

El músico también observa dificultades para desarrollar este tipo de propuestas en Acapulco. Una de ellas tiene que ver con la falta de espacios adecuados para la música improvisada y experimental. En un trío de cuerdas, donde pueden producirse sonidos de intensidad muy baja, el ruido de sistemas de aire acondicionado puede convertirse en un problema acústico considerable.

A ello suma una cuestión social: la existencia de ciertos prejuicios hacia la música improvisada y una tradición institucional que, a su juicio, no siempre ha reconocido suficientemente estas formas de creación. Rangel relaciona esta situación con la manera en que las tradiciones musicales de transmisión oral han sido históricamente marginadas frente a los modelos académicos.

Sin embargo, observa que actualmente existen nuevos campos de investigación interesados en la improvisación. Incluso las ciencias de la complejidad, señala, han comenzado a trabajar con improvisadores para explorar otros resultados y formas de conocimiento.

En ese panorama, experiencias como “Al este del sol” adquieren una dimensión que va más allá de un concierto. El encuentro entre Rangel, Petit y Roy plantea la posibilidad de construir música a partir de la escucha profunda, el diálogo corporal y la experiencia acumulada de tres intérpretes provenientes de trayectorias y generaciones diferentes.

Para Rangel, precisamente ahí reside una de las mayores riquezas de improvisar con músicos nuevos: cada cuerpo genera una respuesta distinta. Y cuando el sonido comienza a aparecer, esa primera escucha abre un territorio común en el que nadie conoce de antemano el resultado.

El concierto de Acapulco fue, así, una experiencia construida en el instante: tres instrumentos, tres cuerpos y tres memorias musicales encontrándose para componer una obra que sólo podía existir mientras era tocada.

Foto: Especial.