Brenda Ríos | La poesía es una rampa de frenado: vas y chocas para protegerte
La autora reúne 15 años de escritura en Proyectos espirituales. Poemas 2006–2021, una antología que cartografía la casa, la ciudad y el autoconocimiento.
La más reciente reunión poética de Brenda Ríos, Proyectos espirituales. Poemas 2006–2021, bajo el sello de Ediciones para llevar, nació casi como un accidente editorial y terminó por convertirse en un libro con vida propia. Concebido inicialmente como una solución práctica ante la falta de ejemplares en ferias y presentaciones, hoy el volumen funciona como una cartografía íntima de quince años de escritura: la casa, el mar, la ciudad, el humor y la caída como formas de conocimiento.
—¿Cómo surge la decisión de reunir estos quince años de escritura en Proyectos espirituales?
—Surge porque me invitó la gente del sitio Poesía Mexa. Ellos querían publicar Escenas del jardín, pero todavía no se liberaban los derechos. Entonces se me ocurrió hacer una antología. La versión larga está colgada en línea y esta es una versión recortada, la definitiva hasta donde sabemos.
Ríos cuenta que la idea también respondió a una necesidad práctica: tener un libro “de respaldo” para eventos donde sus títulos anteriores —como Aspiraciones de la clase media— ya no estaban disponibles.
—La poesía es muy difícil en su distribución. En una feria en Los Mochis me quedé sin ejemplares y dije: “Bueno, no tengo Aspiraciones, pero tengo Proyectos”. Lo presentamos, hicimos no una fiesta sino dos, se distribuyó en pocas librerías de la Ciudad de México y se agotó. Vamos a reimprimir. Es el gran secreto del éxito: imprimir pocos ejemplares —dice entre risas—. Y remata con la frase: “Sigueme para más consejos de autoayuda”.
Revisar poemas escritos en 2006 implica, inevitablemente, confrontarse con otra versión de sí misma.
—Como autora hay que perdonarse. Todo forma parte del proceso: lo bueno, lo malo, lo feo, lo azotado. Cuando encontremos la manera final de escribir, dejamos de escribir. La idea es jugar, estirar la liga, ver cuándo se rompe.
La escritura, afirma, no es una línea ascendente hacia la perfección, sino una práctica en constante prueba. Incluso el error forma parte del entrenamiento.
—Todo mundo debería tener su libro de entrenamiento. Yo lo tengo, y no lo voy a publicar completo porque no es bueno. Pero me sirvió.
Sean bienvenidos: esta es una casa.
Todos pueden entrar, y quizá no
todos quieran irse.
¿Qué es un “proyecto espiritual”?
El título sugiere una búsqueda interior, pero Ríos desactiva cualquier solemnidad.
—No es mi Camino de Santiago —aclara—. No estoy en una cruzada espiritual.
El concepto nació hace años, cuando mantenía un blog llamado Calle Alta 25, donde publicaba textos que no sabía dónde colocar. Si uno busca “proyectos espirituales” en internet, aparecen referencias religiosas; ella tomó el término como pretexto para nombrar textos sueltos, parte del camino vital.
—Tiene que ver con crecer, tropezarse, a veces quedarse en el suelo un buen rato. El autoconocimiento también es mirar desde abajo. Yo hace diez años pensé que iba a dejar de escribir… y mírame.
Más que salvación o resistencia, escribir ha sido para ella una forma de autoconocimiento.
—Escribo porque todavía sigo encontrándole preguntas a lo que no tiene explicación. Seguramente mis respuestas están equivocadas, pero es lo que uno hace: conversar.
En sus títulos —La luz artificial de las cosas; Aspiraciones de clase media; La sexta casa; Escenas del jardín, No era el mar; Un corazón, un animal vivo— aparecen lo doméstico, lo corporal y lo urbano como hilos secretos conductores.
—Ni tan secretos —dice—. La casa atraviesa todo. La ciudad que se deja, la ciudad que habito.
Brenda Ríos vive entre Acapulco y la Ciudad de México, un vaivén que marca su poesía.
—Es tener los pies en dos ciudades. En una hace calor, hay ciertas condiciones de vida; en la otra están las multitudes y, hasta cierto punto, una mayor seguridad. El aquí y el allá es un juego de ping-pong constante.
Ese cruce entre mar y tráfico, recogimiento y multitud, configura lo que ella llama “respirar entre casas”.
—¿Cómo ha cambiado tu manera de trabajar el ritmo y la imagen poética en estos años?
—No me lo he preguntado —responde con honestidad—. La poesía es como un tío que no esperabas ver y ya ni modo, te lo chutas.
Para Ríos, el poema no se construye desde la planificación racional sino desde la irrupción.
—Hay dos tipos de escritor: el que piensa y luego escribe lo que pensó, y el que piensa en gerundio mientras escribe. Yo soy de los segundos. No sabía que tenía esa idea hasta que la escribí.
Cuenta que al redactar un texto sobre Selena Quintanilla descubrió algo inesperado.
—Me di cuenta de que en realidad no me gustaba Selena. No lo había pensado hasta que lo escribí. La escritura revela cosas.
Describe la poesía como una metáfora vial.
—Es como ir por la autopista y de repente tomar la rampa de frenado hasta chocar. Vas y chocas para protegerte. Eso es la poesía para mí.
En redes sociales publica minicrónicas y reseñas breves que funcionan como un laboratorio. Algunas se inspiran en libros; otras, en series como The Crown, que resume con ironía.
—Juego para que no se me olviden las cosas. Ya estoy armando un librito con eso.
Más que imaginar un lector ideal, Ríos piensa en interlocutores.
—Personas con las que pueda dialogar en una mesa sin autosensura. Si no tienes cierto sentido del humor, quizá te caiga mal lo que escribo. Y está bien. No soy monedita de oro.
En sus talleres evita grabar sesiones para preservar un espacio de confianza.
—¿Cómo prometes un espacio seguro si no puedes garantizar que se puede opinar con libertad?
Al cerrar la conversación, se le pide un mensaje para la Brenda Ríos que comenzaba a escribir a inicios de los años dos mil.
—Que se relaje. Yo estaba muy aprensiva, me preocupaba mucho el futuro. Ahora no me preocupo tanto. A veces ni sé qué haré el próximo fin de semana.
No cree que el tiempo garantice madurez o sabiduría. Equivocarse es inevitable.
—Siempre le acabas pagando a la salida o a la entrada. Entonces, lo que salga más barato.
En esa aceptación del error, del tropiezo y de la rampa de frenado, se dibuja la cartografía poética de Proyectos espirituales: una escritura que respira entre casas, ciudades y caídas, y que encuentra en la colisión una forma de lucidez.
Foto: Miguel Benítez.